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viernes, 22 de mayo de 2020

El golem de la calle Talcahuano



Un hombre, un intelectual, impenitente, altanero, arrogante, decide que puede, estudiando las tradiciones y más allá del Sefer Yetzirah, traer a la vida una copia de hombre, un remedo que espera obediente y sumiso. Busca entre las páginas endurecidas y amarillas el camino que llevó a Judah Loew ben Bezalel a dar vida a un hombre hecho de barro en la Praga en el siglo XVI, o en su defecto, un camino alternativo que le permita un resultado equivalente. Ha entendido que el paso del tiempo cambia inexorablemente el flujo de poder y que  las artes necesarias para ello exigirán un alto costo, que se habrá de pagar.
Cuando después de años de estudios, fracasos y sinsabores logra convocar un golem, el hombre, el intelectual, ya está muy avanzado en años. Una noche, despertando brevemente, ve a su criatura a los pies de la cama, la ve tal cual es: una creación inferior de un dios moribundo. Decide borrar la primera letra de la derecha, de las tres que luce en la frente, la letra alef, para darle descanso. Pero está muy débil y, alarmado, muere él mismo antes de lograr dejar sobre la frente del golem el díptico met, es decir muerte, que revertiría a sustancia inanimada esta parodia de hombre, al que ha dado vida.
El golem queda solo en la casa de la calle Talcahuano, quiere salir a la acera, tocar los árboles de la plaza, ver de cerca los pájaros. Pero sabe, de ello esta profundamente convencido, que notarán las tres letras escritas en su frente, y lo reconocerán y lo odiarán, y después de maldecirlo y tal vez apedrearlo, borrarán de forma ignominiosa la primera letra de su frente. Y allí ya no dirá verdad, sino muerte, terminando así la existencia que le dio su creador, su pequeño dios particular, de forma deshonrosa.
Mira a través de las altas ventanas la calle, tratando de infundirse valor. No lo consigue, cavila durante años y cuando vuelve a mirar, la noche que hace un tiempo era mitigada con aceite de yegua, hoy es iluminada con gas. No se decide a salir, sus ojos ven, ahora, detalles que antes, con el antiguo sistema de iluminación no veían, la espantosa luz lo delatará con más facilidad que la anterior. Llegando a ser su destrucción aún más escandalosa que la imaginada y temida desde hace años. Busca entre las páginas de los miles de ejemplares de la biblioteca, en los pergaminos y los infolios un escape, una solución que ponga fin a esta vida de náufrago solitario. Cavila en la manera de romper su encierro. No la encuentra.
Piensa que puede disimular las marcas de su frente con un sombrero, por ejemplo. Se da ánimos a sí mismo y se convence de que, después de todo, en realidad la luz de la calle no es tan potente, sino que más bien son sus ojos, acostumbrados a una continua penumbra hecha de velas y lámparas de aceite, la perciben como más... como mucho más... brillante de lo que en realidad es. Cuando una noche, nuevamente ha logrado acumular coraje, acude a la ventana, descorriendo tímidamente el cortinado pardo, que había sido bordeau, cargado de años, espeso y rígido, y descubre, para su horror, que la calle es aún más luminosa que antes. No tarda mucho en aprender que las lámparas municipales son alimentadas, con cierto fluido eléctrico. La puerta de calle de la casa da, ahora, a un espacio abierto más generoso que antes, una plaza o un parque, donde pasean muchedumbres de hombres y mujeres, todos hermosos... y por las calles empedradas, antes escasamente pobladas por carruajes de uno o dos caballos, ahora en tropel avanzan otros carruajes, mas ruidosos y que exhalan humo. Carruajes mágicos que sin tener uncido animal de tiro alguno, se desplazan sobre unas ruedas ridículamente pequeñas. Eso si, todos ellos exhiben intensas luces propias. El golem se sabe solo, su dios, su pequeño dios, su débil dios ha muerto hace muchos años. No tiene a quién recurrir. Su encierro, su pacífica, lenta, asfixiante soledad no es mas que un triste remedo de vida, tal como él mismo es un remedo torpe y brutal de las hermosas criaturas que puede ver claramente en el parque al otro lado del cristal de la ventana. No tardará mucho en llegarle una doble epifanía: necesita una compañera y nunca tendrá una.
Si bien ya lo sabía por las dilatadas lecturas, acaso su única distracción, cada vez que se asomaba a la ventana los hermosos seres que podía ver cruzando la calle se lo mostraban, cuando pasean de dos en dos, riendo y siendo felices, al compartir y entonces demoler sus propias soledades. Necesita una compañera, Adán tuvo la suya, y él comprende que debería repetir esa parte de la historia ¿Como acercarse a estos seres tan magníficamente hechos sin que lo destruyan de pura, justa y razonable aversión? Su revelación, su entendimiento cabal y profundo de la esencia, o naturaleza, de las cosas lo ha hecho caer, si cabe, en un estadio aún más bajo que antes. Una miserable soledad. Un hoyo sin fondo que desciende hacia una oscuridad absoluta.
El golem está solo, se sabe solo, para siempre y por siempre. Abandonado por su minúsculo dios, pequeño y cruel, quien esperó mezquina, estólidamente hasta que ya fue demasiado tarde. 
Tal vez una tormenta furiosa, un torrente de aguas penetrantes como flechas disolventes pueda terminar con este parodia de vida. Tiene miedo, ¿porque el pequeño dios tuvo que hacerlo con tales capacidades?. Mas le valdría haber sido hecho sin sentimientos, sin capacidad de amar, temer u odiar. Por momentos queda absorto por un miedo sordo sin esperanzas... sabe que el final de su existencia lo llevará a la nada de donde procede. Parte de su ser tal vez llegará al río, que sabe mas allá del bajo, ¿pasarán parte de sus recuerdos, imágenes, evocaciones desvaídas y pálidas como la neblina de la mañana a los peces?...  ¿Soñaran las delicadas criaturas que pasean por el parque si beben de estas aguas sus confusos recuerdos y los llamaran pesadillas? ¿Compartirán admiradas, con voz queda, las recurrentes imágenes de libros, muebles y cortinajes cubiertos de polvo espeso? ¿Se relatarán entre si la sensación de recorrer siempre el mismo laberinto sin poder escapar, imposibilitados de correr? ¿Las despertará el miedo en plena noche, perseguidas por terrores inevocables pero presentes? 
Sabe que su existencia fue producto de un capricho cruel, sin mas objeto que alimentar la vanidad intelectual de su creador. No habrá para el golem compañía, amistad o consuelo alguno. Solo le queda volver al fango. Solo podrá mitigar su soledad disolviendo su existencia, dejando tras de si un montículo de sustancia espesa, inanimada.

Ricardo Gustavson


Imagen: Fotograma de la película “El Golem: cómo vino al mundo” (Alemania, 1920: Der Golem, wie er in die Welt kam ), dirigida por Carl Boese y Paul Wegener.      Enlace a Der Golem

jueves, 9 de abril de 2020

Rostros bestiales


Tengo un grueso vidrio ante los ojos y siento una inequívoca presión sobre mi espalda, el vagón está más que repleto. Con una mano apoyada en el marco metálico, me separo de la amenazante puerta corrediza y el improvisado espejo me devuelve la mirada indiferente. El tren deja de producir el hipnótico traqueteo de las ruedas sobre los rieles y se detiene con un chasquido neumático; las hojas de las puertas se abren automáticamente, como si entre ambas hubiera un odio robótico que hace que se separen con una exhalación tubular. Bajo rápidamente, más por temor a que me arrollen que por el hecho de estar apurado. El mundo que me rodea es de una sorda hostilidad. Se percibe en el entorno sofocante, como si flotara en el aire un polen miasmático, una malignidad pícara y a la vez rabiosa. Rostros feroces... no, no... no son feroces, en realidad, sino... bestiales, pero bestiales en el sentido de inexpresivos, como la jeta de ciertos animales. El andén esta repleto, y pasan a mi lado distintas personas, raudas y ensimismadas, al parecer, en sus cosas, con los telefonitos en las manos, ceñudos, parecen enojados con algo insustancial e incierto, como si estuvieran enojados con la vida. Llegamos al pie de la escalera mecánica, nos agolpamos en el acceso, trato de mantener una distancia, la mínima posible para no chocar, no tocar, al individuo que me precede y sintiendo la silente urgencia del que esta detrás de mí. Algunos, posiblemente los más inquietos, casi como si fueran animales exigüamente gregarios, como si hubieran perdido, además, el don del habla, se empujan blandamente, con una violencia contenida, como rivalizando de un modo socialmente aceptado, con arreglo a una forma consensuada y no escrita, por el privilegio de acceder primero a la escalera. Nadie pide permiso o disculpas. Somos como ovejas feroces, dispuestas a despedazarnos entre nosotras. Ovejas que no necesitan del lobo, porque por debajo de los bucles lanosos esta el hirsuto pelo erizado, y entrelazados con los dientes herbívoros, están los afilados colmillos caninos, palpitantes, desmenuzadores.

Ricardo Gustavson


Imagen: Los lobos y las ovejas, de Gustave Doré. En Fábulas de La Fontaine, 1885

Enlace Dore

viernes, 3 de abril de 2020

Mutación



No recuerdo en qué vieja historia, un príncipe asiático, durante un interminable viaje en barco, le dice a un escritor argentino que en su país las plumas son más apreciadas que el oro o las piedras preciosas. El tema lo trae a cuento el príncipe por el comentario cortés del escritor sobre la pluma que remata su turbante. "Es una pluma de huma, un pájaro muy estimado en mi tierra", y lo ya dicho sobre el incalculable valor de las plumas.
Enseguida, el argentino se figura una pampa repleta de cadáveres de pájaros desplumados y siente un escalofrío...

Esta escena, leída y completamente olvidada, se me impone ahora, al escuchar a un amigo delirar del otro lado del teléfono.
-Dicen que el virus de esta puta pandemia podría mutar en los perros y volverse más dañino para la gente. Por suerte tengo gatos; pensá en la terrible decisión que tendrán que tomar quienes tienen perros... Hola, ¿me escuchás?

Ciro Reznik 

viernes, 20 de marzo de 2020

Miedo




Tiempos de coronavirus.

Todo el santo día pensando en la posibilidad del contagio, en la letalidad de ese "bichejo" recién catalogado por el saber profano.

En el tren, en las calles, en el trabajo, en casa, sólo un pensamiento, una preocupación, una esperanza: los míos, los míos, los míos...

Pero la psicosis general no me sigue al sueño. El sueño me protege llevándome a sitios desolados, antiguos. Discurro solo entre ruinas milenarias, sin preguntarme, piadosamente, que ha pasado con esos lugares. Si fueron abandonados en épocas remotas por pandemias como la que sufrimos hoy, por ejemplo. Curioso.

Al despertar, vuelta a la inquietante realidad.
Evito las noticias mientras desayuno.
Zapping en busca de refugio.
Documental sobre Olga Orozco, la diosa-poeta de Toay que durante una hora, con las piedras preciosas de sus ojos y su voz oracular, disipa los fantasmas de la enfermedad y la muerte.
Pero al final del programa, la placa de cierre informa que la entrevista data de 1998 y que la poeta murió al año siguiente.
Y otra vez la muerte, rondando con pasos de vals y contradanza...

Es tal vez por eso que frente al espejo del baño, mientras me recorto la barba, mis rasgos se desdibujan para dar lugar a los de René Daumal (¡humilde metamorfosis!) en aquella fotografía famosa tomada pocos días antes de su muerte. En ella aparece tranquilo pero inexpresivo, entregado ya a la tuberculosis que se lo llevará.

¡La mirada de Daumal! Vacía, muerta, llena de más allá...

(¿La mirada de Daumal o la mía?)

Tal vez no sea más que un efecto del espejo, empañado en parte y algo desconchado, pero el borde de las pupilas reflejadas o fantasmales parece erizado de mínimas púas equidistantes...

Miedo.

Raúl Ruiz


domingo, 23 de febrero de 2020

Tatuajes




Como prometiera, Ciro Reznik continúa aportando sus microficciones a La pluma en la sangre.

Soñó que el tatuador sonreía al decirle lo que quería que grabara en distintas partes de su cuerpo, y que se encogía de hombros y se ponía a trabajar guiándose por imágenes digitales e impresas.
Las manos primero, de un lado y del otro.
Luego los pies, en plantas y empeines.
Después la frente, bajando casi hasta las cejas.
Por último la hendidura roja, a un costado del vientre.
Diez tatuajes en una sola sesión. Sin nada de dolor, apenas un cosquilleo agradable en alguno de ellos.
Y en el mismo sueño, al quitarse los apósitos, el trabajo perfecto, las heridas del Hijo como si las hubieran infligido verdugos romanos en lugar de haber sido grabadas.

Y ya despierto, la sangre manando de los sitios en que fueran soñados los tatuajes y un dolor de cauterio en cada uno, insoportable...


Ciro Reznik

Imagen: Lamentación sobre Cristo muerto, de Pieter Paul Rubens.


domingo, 2 de febrero de 2020

Hipocondríaco



Con borgeana generosidad, Ciro Reznik promete ir enviando a La pluma en la sangre argumentos concentrados para que desarrollen quienes se interesen en ellos o, simplemente, para que sean leídos como lo que son:  sugestivos  microcuentos.

Un hombre de mediana edad consulta a un médico por una supuesta afección gastrointestinal. Siente una molestia -"el fantasma de un dolor"- en el costado derecho y cree que se ha acentuado la dispepsia que lo incomoda desde hace años.
El médico hace las preguntas de rigor, examina al tacto el abdomen y ordena una ristra de análisis "para descartar cosas".
Dato curioso: al presionar el abdomen hundiendo dedos aquí y allá (con especial atención en la zona afectada), no hay molestia alguna ni respuesta reflejo en el paciente.
El médico prescribe una dieta blanda, despide amablemente al hombre y vuelve a su escritorio a revisar la lista de consultantes.

Pasados unos días, el hombre vuelve con los resultados de los análisis. Todo en orden, dentro de los límites de un organismo sano, dice el médico sonriente. Pero el paciente, un escritor algo obsesivo, replica que la molestia persiste como también persiste su incapacidad para describirla, a pesar de su condición de escritor. Y, bajando la voz a un tono casi confesional, pregunta si es posible que haya cuerpos perversos que, estando gravemente  enfermos, sean capaces de ocultar la enfermedad que padecen negando sus síntomas en los análisis y anestesiando el dolor que debería manifestarse durante el examen manual.
El médico niega con una expresión asombrada y risueña, diagnostica una dispepsia leve y receta un medicamento innecesario para tranquilizar al hombre. Se despiden hasta la próxima consulta.

Antes de llamar al próximo paciente, la recepcionista entrega al médico un sobre grande que reconoce apenas verlo. Lo deja sobre el escritorio y, a punto de llamar al fulano que sigue, cierra la puerta y se vuelve para revisar el sobre. Contiene los resultados de los análisis de su chequeo anual. Todo parece en orden, dentro de los límites de un organismo sano.
Pero después de pensarlo un momento, llama a la recepcionista y le pide que lo comunique con otro laboratorio clínico para repetir los análisis.


Ciro Reznik


Imagen: El hombre de Vitruvio, de Leonardo da Vinci



sábado, 7 de diciembre de 2019

Rito




Rito: costumbre o ceremonia, leemos en la primera acepción del diccionario usual de la RAE. Del latín ritus o, según otras fuentes, ritus penetrus...


…pero volvió a abrirlos a la penumbra del cuarto. Hizo un gran esfuerzo para no mirarla. Durante algunos minutos lo consiguió pero fue peor: sus ojos, acostumbrados a la semioscuridad, pudieron discernir más fácilmente el mapa de su cuerpo, enroscado en las sábanas con esa sensualidad innata, no adquirida, de las mujeres. Una bonita serpiente, se dijo.
Estuvo un buen rato acariciándola con la mirada, como un  tigre al acecho. Pero quería más, no solo formas: texturas. Con riesgo de que despertara, tomó el encendedor de la mesa de luz, lo prendió y pasó su pequeña antorcha sobre ella conteniendo el aliento, como un arqueólogo su linterna en una tumba recién exhumada. Era hermosa, como cuando no estaba con ella y la recordaba. Se detuvo en el vientre, en el pubis descubierto por la repentina caída de un pliegue. El vello, dorado y suave, lo atrajo como un embrujo. Apagó el encendedor y paseó su nariz por él inhalando el perfume joven del sexo, su droga favorita desde que la conocía. Incluso se animó a dejar que sus labios rozaran la parte alta del vello. Pero un movimiento de su cuerpo, provocado sin dudas por el sutil cosquilleo, hizo que se detuviera. Esperó y volvió a encender la pequeña llama que tomó curso norte, hasta detenerse en el pecho. La complicidad de otro pliegue le permitió ver un seno: el pezón enhiesto como un pimpollo de rosa rococó, morado sobre la piel rosada por la llama, delataba su sueño. Sueño de sexo y muerte. De voivodas crueles y turcos martirizados, precisó convencido, pensando en las líneas escritas antes de acostarse. Su miembro, estimulado ya por la inspección del pubis, endureció a reviente. Quiso despertarla y poseerla brutalmente, o que despertara mientras la tomaba con ferocidad, su estaca acabando lo que recién empezaba a medrar en ella. O hundir suavemente la lengua en la tibia cavidad de su entrepierna, para libarle la vida y sentirla morir entre estertores de placer… Pero un movimiento brusco le iluminó el rostro, ladeado y cubierto por la seda rubia del pelo revuelto. Alcanzó a ver una sonrisa que lo estremeció. O tal vez fuera la sangre restregada en la almohada, al lado de la boca. Volvió a apagar la llama y se tocó el apósito pegado en el pecho, sobre la tetilla izquierda. Bastó ese mínimo gesto para que la memoria le devolviera, en un inquietante flashback, el descontrol de Rebeca al hacer el amor horas antes, cuando empalada en él como una sacerdotisa alucinada se mordió una uña, hizo un corte en su pecho y aplicó en la herida labios y dientes para sorber con fruición la sangre que manaba de ella, mientras alcanzaban un orgasmo siniestro y sublime.
Se acostó dándole la espalda y se entregó a una suave manipulación para serenarse. En un capullo de tela improvisado con la sábana, eyaculó copiosamente y, rememorando la escena una y otra vez, se quedó dormido.


Sandro Salviani


Imagen: Marte y Venus, de Agostino Carracci.

lunes, 25 de noviembre de 2019

Pizarnik




Alejandra Pizarnik, la notable poeta argentina celebrada por Julio Cortázar, Olga Orozco y Octavio Paz, segundos antes de su decisión fatal en este breve e intenso poema de Aisa Medina.


Ay, nefaria dulzura...

Alejandra en llamas
                        Alejandra de humo
                                                   Alejandra brasa

yo, lívida salamandra sin retorno
consumiéndome en el fuego de mi angustia.

Y la Muerte agitando
sus abanicos de hielo para enamorarme.



     Aisa Medina

Imagen de cabecera: Libellule, de René Lalique.






viernes, 22 de noviembre de 2019

Tolkien



¿Habrá sido así? ¿En una guerra de trincheras donde cada instante era una promesa de explosión y, en el mejor de los casos, de muerte ajena? ¿Donde nadie asomaba la cabeza sin sentir el cosquilleo de un futuro balazo en la frente o el fantasma de una lluvia de esquirlas en el rostro? He leído algunos testimonios sobre la Gran Guerra y mi conclusión es que el coraje se acurrucaba tan adentro de los hombres que hubiera sido necesario un buen cirujano de almas para encontrarlo y hacerlo aflorar. El instinto ordenaba hacer un hoyo en la tierra y esconderse en él. Sólo un mandato interno y extremo (ir en pos de un amigo desquiciado o herido, el bendito honor familiar) obligaba al soldado a salir de su trinchera y a exponerse a los dientes carnívoros de la Muerte.

¿Pudo, entonces, un rosario de mitos y leyendas enhebrados desde la niñez transfigurar la horrible realidad de barro, frío, hambre, fuego, detonaciones y cadáveres, cadáveres, cadáveres, de un hombre que se encontraba en el campo de batalla más solo de lo que nunca había estado y al filo de la muerte a cada momento?

En el film Tolkien de Dome Karukoski (EE.UU., 2019), sí, y con todo derecho. Es tan bella su lógica poética que adormece nuestro espíritu crítico. Según Karukoski, la vida de J.R.R.T. hasta que se establece como profesor en Oxford y aún después, es un poema oscuro tejido por una parca que sume en las tinieblas la mitad de su corazón dejando a la luz la otra mitad, como esos granates que parecen tener en su interior un movimento de aguas rojas, densas como sangre, que brillan y se oscurecen según la incidencia de la fuente luminosa a la que se expongan.
Dos de sus amigos mueren en batalla, dos hermanos. Algunos años antes, junto a ellos y un tercero, músico, forma la primera de las tres o cuatro sociedades artísticas que integraría a lo largo de su vida. Cuatro amigos que el don poético de Karukoski, en la última imagen de su película (al finalizar la danza de sombras chinas que acompañan los títulos y resumen, en un alarde de síntesis cinematográfica, las obras que Tolkien escribiría años después), pone bajo un árbol, sobre una colina, en una estampa hobbit típica de sus libros.

Hay escenas simples y hermosas, como la de la primera salida de Edith y Ron (como al parecer Edith llamaba a Tolkien apocopando su segundo nombre, Ronald) en la que se divierten, pobres huérfanos sin recursos, bailando ella bajo un dosel de árboles frondosos en la luz submarina que filtran las hojas y él acostado a sus pies mirándola girar, alternativamente deslumbrado por la luz y por su belleza. ¿Ya había escrito el cuento de Beren y Lúthien, esa historia de amor entre un hombre mortal y una princesa élfica muy anterior a los hechos narrados en El Señor de los Anillos? ¿O fue un instante como el que plasma hermosamente Karukoski el inspirador de ese cuento? El film parece sugerir lo último, el producto de una revelación según puede leerse en la expresión deslumbrada de Nicholas Hoult (el excelente actor que encarna al Tolkien veinteañero) ante los giros ralentizados de la hermosa Lily Collins (en el papel de Edith Bratt). 

Se dice en la Balada de Leithian que Beren llegó tambaleándose a Doriath, con cabeza cana y como agobiado por muchos años de pesadumbre, tanto había sido el tormento del camino. Pero errando en el verano por los bosques de Neldoreth, se encontró con Lúthien, hija de Thingol y Melian, a la hora del atardecer, al elevarse la Luna, mientras ella bailaba sobre las hierbas inmarcesibles del claro umbroso junto al Esgalduin. Entonces todo recuerdo de su pasado dolor lo abandonó, y cayó en un encantamiento; porque Lúthien era la más hermosa de todos los Hijos de Ilúvatar. Llevaba un vestido azul como el cielo sin nubes, pero sus ojos eran grises como la noche iluminada de estrellas; estaba el manto bordado con flores de oro, pero sus cabellos eran oscuros como las sombras del crepúsculo. Como la luz sobre las hojas de los árboles, como la voz de las aguas claras, como las estrellas sobre la niebla del mundo, así eran la gloria y la belleza de Lúthien; y tenía en la cara una luz resplandeciente.

O aquella escena nocturna, angustiante y cómica, en la que un Tolkien deshecho por el compromiso de Edith, se emborracha y deambula por el campus universitario vociferando como un orco cosas ininteligibles en una lengua extraña ("una especie de finés corrupto" en el que trabajaba por esos días) despertando a todo el mundo.

Pero también hay escenas fuertes, que son las que le interesan a este blog. Justamente las escenas que corresponden a las tinieblas de la guerra, las escenas que su razón no puede tolerar y, según imagina Karukoski o sus guionistas (dignos de mención y aplauso: David Gleeson y Stephen Beresford), transfigura en otras de una oscuridad poética que más tarde llenará las páginas de sus libros.


Tolkien, afectado de lo que se conocía entonces como "fiebre de trinchera" (enfermedad transmitida por el piojo humano, con cuadros febriles altos y fuertes mialgias en piernas y espalda,  además de cefaleas que nublaban la razón), empieza a tener visiones fastuosas en el horrible muererío del Somme. Los lanzallamas enemigos se tornan dragones; jinetes negros cabalgan entre la carga de los soldados; formas nebulosas, emisarias de la Muerte, arrebatan la vida a sus compañeros. En un caballo blanco sin jinete cree ver a Sombragris, la montura de Gandalf, aunque montura y jinete aún no tienen nombres ni formas precisas en su cabeza trastornada. Y también, ojo del tornado, centro dramático del film, ve, en medio de una terrible deflagración, una forma negra recortada entre las llamas, algo así como la personificación del Mal. Morgoth o Sauron, los señores oscuros de sus grandes obras (El Silmarillion, El Señor de los Anillos), en un sólo ser sin rostro, aún en estado magmático en su cerebro arrasado por las visiones y el espanto de la realidad. Conmovedor el detalle del joven afiebrado que se pone de pie en el barro ensangrentado para enfrentar a esa visión mestiza de su imaginación. Demasiada mitología encierran las cavernas de su cabeza, ramificada en historias germinales que van a madurar en ellas durante mucho tiempo. Escritor laborioso, las extraerá al cabo de algunos años, como los enanos de Moria extraen en sus libros diamantes grandes como cabezas de niños de las entrañas de la tierra.

La película explora bellamente una vida triste con algunas ráfagas de felicidad.  La niñez con hermano y amigos, batallando con espadas de madera; los cuentos de su madre y su muerte repentina; la tutoría del reverendo Francis; la educación en el King Edward College; la amistad con Robert, Geoffrey y Christopher, compañeros de estudio y travesuras; la creación de la sociedad literaria TSBS al grito de "Heilheimer!", propuesto por J.R.R.T., que se convertiría en divisa de cada uno de ellos; Edith, Oxford; la afición a la filología y la creación de lenguas; las clases del profesor Wright; el encuentro con su  vocación; la guerra...

Y durante la guerra, la enfermedad, las visiones, la muerte de sus amigos.

Y la vuelta a Inglaterra, a Edith...

Después el matrimonio, los hijos, las primeras líneas de El Hobbit...

Los libros y la fama.

La muerte de Edith, la suya dos años después, su reposo junto a ella.

Y la sugerencia poética de que bajo la lápida común que señala sus tumbas, Edith sigue bailando en la luz opalina y "Ron" admirándola como aquella tarde en la que se le reveló como Lúthien y él más que nunca se sintió Beren...




Luz Aisenberg





jueves, 14 de noviembre de 2019

Un hombre irracional



Confieso no ser más que un espectador errático del cine de Woody Allen, en lugar de un seguidor canino como casi toda la comunidad cinéfila argentina, por convicción o comodidad. (No es fácil discutir con un devoto suyo;  sin exagerar, creo que es preferible, como dijera Hitler de Franco después de su primera y única reunión, sacarse un diente con una tenaza. ¿Sonríe quien me lee? De verdad es menos traumático acatar la majestad de Allen que tratar de exponer un punto de vista que objete su cine.)

No obstante, acabo de ver Irrational Man, de su cosecha 2015.
El entusiasmo y la insistencia de un amigo que, hasta donde sé, tampoco le rinde pleitesía, hicieron que anoche, bien entrada la madrugada, me clavara sus noventa y seis minutos. No fue confianza ciega, tenemos nuestras diferencias de gusto. Él es un sommelier de casi todo; yo me conformo con dos o tres territorios bien acotados. Pero su defensa de Allen desde la alta literatura disparó mi curiosidad. Para convencerme de que debía verla, mensajeó: "Dostoievski, Crimen y castigo. Varias de sus películas giran alrededor de esa obra y se nota". Mi pregunta inmediata fue: ¿cuántas de las personas que conozco que esperan el estreno de la última película de W. A. como si no importara nada más en la vida, han leído a Dostoievski? La respuesta: ninguna. Apenas un sondeo de cinco, seis personas, pero el guarismo es contundente: 100%. No es moco de pavo.
Ahora bien: mi amigo es un espectador fino que, cuando quiere, riza el rizo sin romperlo. Si le da la gana, escribe un ensayo en el aire sobre una colilla de cigarrillo que acaba de aplastar o sobre una cucaracha muerta debajo de la mesa de un bar. Pero cuando elige no jugar, el equilibrio es su virtud. Si encontró a Dostoievski en la película de Allen es porque Dostoievski está ahí. Y no sólo porque en ella un personaje lo menciona y menciona su obra más conocida, sino porque la historia es una versión a escala doméstica de la dicotomía bien/mal, sobriedad/locura. Y de una forma tan llana, accesible, que la feligresía del rabino Woody (feligresía, rabino: mala relación, me parece) encuentra a Dostoievski no por conocimiento, por mérito propio, sino por mérito de Allen. Ahí habría una punta para entender la incondicionalidad de su público: el espectador de sus películas ignora a Dostoievski pero aprecia sus ideas cifradas en un lenguaje más simple y directo: el del cine. Dostoievski para legos. No es poco.

El de W. A. sería entonces un cine de grandes ideas ajenas, jibarizadas para que muchos sepan de Dostoievski sin haberlo leído, por ejemplo. Plagio útil, didáctico.
El problema es qué hace Allen con eso. En Un hombre irracional, Joaquin Phoenix encarna a un profesor de filosofía de cierto prestigio que ya no siente gusto alguno por la vida. Parece haber agotado todos los caminos: el de las ideas, el de las relaciones, el de la escritura, el del sexo. Sólo el alcohol lo sostiene aunque no llega a ebrio consuetudinario. Ni las reuniones con colegas, ni las insinuaciones de una profesora veterana pero todavía en edad de merecer, ni las fiestas, ni el floreo de una estudiante (Emma Stone) a la que seduce por reflejo, pueden sacarlo de su catatonia existencial. Demasiada filosofía (a la que define al comienzo de la película como mera "masturbación verbal") lo ha puesto en un callejón de tedio sin salida del que sólo la muerte...

Spoiler! Pero, ¿cómo decir lo que quiero decir sin referirme a la trama? Dilema cruel...

Resuelto: elijo escribir para quienes vieron la película.

Recordará mi lector que Abe Lucas, el protagonista, sale de la arena movediza que ya le llega al cuello al escuchar la lamentación de una mujer que está a punto de perder la tenencia de sus hijos por el accionar legal de un esposo despiadado, pero especialmente por el juez que ha recibido la causa que, siendo amigo de él, seguro fallará en su contra. En medio de su dolor, murmura que no tiene dudas sobre ello a pesar de que la asisten todas las luces de la verdad y el derecho. 
En ese momento de oscuridad nodal de la película, Abe ve la oportunidad de salir de su infierno existencial. Y es precisamente ese momento tenebroso el que me llevó a escribir esta nota para La pluma en la sangre.
Lucas se resuelve por la muerte como única salida. Pero no por la propia muerte como cabe esperar de un filósofo, sino la de otro. Oscuro, oscuro con ganas.
Dos mil quinientos, tres mil años de filosofía ¿para qué? Pura "masturbación verbal", realmente.

Ya tenemos a Lucas afianzado como héroe anónimo, tenemos película.
Y, sin decepcionarnos, Woody Allen hace que Abe ejecute al juez según un plan no demasiado sutil pero efectivo.
¿Pero qué pasa después? Después, decepcionantemente, la historia se resuelve según los cánones de una moral relamida, típica del peor cine occidental.
Sólo la vuelta de tuerca del acusado inocente que obliga a Jill (a Emma Stone) a rever lo que siente por Abe y a decidir (según la misma moral relamida de arriba) delatarlo si no se entrega, aporta un último elemento digno de consideración. Lo demás es de mala telenovela nacional (abrevio: de telenovela nacional): el intento de asesinato, el forcejeo, la linterna providencial pisada por Abe (¡la linterna que había ganado para ella en el parque de diversiones!), su caída por el hueco del ascensor, el castigo por muerte violenta... Malvados, locos, filósofos desencantados: ¡abstenerse de ideas parecidas!

(Observación obligada: el amor, contra toda moral, no admite la delación. Como botón de muestra Kindergarten, la oscurísima novela de Asher Benatar que merece un espacio en este blog.)

La historia pudo haber seguido por canales más lógicos, sin traicionar su oscuridad. Y ni siquiera hablo de canales originales, impredecibles. Resolverse, por ejemplo, con la consumación del segundo intento de asesinato (el de Jill) y el sugerente final en el que Abe pone su atención en una próxima víctima que merece su destino. Final manoseado, gastado por el cine pero mejor que el tonto final de Allen. Hasta admitiría el detalle, cobardemente evitado, de que en lugar de  pisar la linterna Abe patee un osito de peluche al hueco del ascensor por el que ha caído Jill después del mismo forcejeo plasmado por W. A. Desde la oscuridad del hueco, como si nuestro punto de vista fuera el del osito cayendo de espaldas siguiendo a su dueña a su triste destino, veríamos a Lucas mirando fija y desafiantemente la oscuridad, convertido en un héroe tortuoso como los del cineasta indio N. Night Shaymalan. De un Dostoievski actualizado, de crimen sin castigo,  de eso hablo.

Woody Allen tiene excelentes ideas dramáticas que no sabe o no se anima a sostener. Y no basta, para disimular sus limitaciones, etiquetar: comedia negra.

Lo demás (la figura de Phoenix gruesa y abatida, la sonrisa y los soleros de Emma Stone, la actuación de Parker Posey, las tomas del claustro universitario y de los alrededores) está muy bien. Allen se encuentra en las antípodas de esos fariseos del cine que disponen de ingentes cantidades de dinero para filmar superproducciones que todo lo apuestan al fasto visual. Es más bien un judío anónimo que, en el revuelo que arma Jesús al echar a los mercaderes del templo, levanta unas pocas monedas del suelo sin que nadie lo note y hace con ellas una película correcta. Poco más.

¿Qué nos da el cine de Woody Allen, entonces? Entramos a ver sus películas, nos provoca una cierta conmoción, se decide por el final más esperado, nos roba un aplauso discreto (rabioso a los incondicionales) y salimos del cine como los buenos burgueses que éramos al entrar.

¿Y?

Hablé de cosecha al comienzo de la nota.
Malbec bien presentado el de Allen, pero del montón.


Conrado Lois






jueves, 31 de octubre de 2019

Gorgona



Un crítico de arte, profesor universitario o coleccionista, se queda tieso delante de una obra cuya contemplación puede resultar letal. Sin embargo, no deja de pensar como el crítico, docente o connoisseur que es. Al final, la belleza hace su trabajo.


En el Museo de Arte Moderno de Roma, solo como un personaje de un film de Darío Argento al borde de un descubrimiento terrible. Los encargados de la seguridad vendrán de un momento a otro a repetirme que es la hora de cierre... 

Estoy... frente a La Gorgona y los Héroes de Giulio Aristide Sartorio, simbolista italiano dilecto de D’Annunzio. Encarnó en pintura lo que el príncipe... de Montenevoso en las letras: una maniera floral y sombría que... ni ingleses ni franceses, supremos maestros del esteticismo, pudieron superar. No es... un juego contemplar este cuadro.
En una playa perdida, Medusa ofrece su... desnudez arrobadora levitando como una aparición de flagrante carnalidad. A sus pies, en un escollo acariciado por las aguas, guerreros exhaustos... se apagan como ofrendas votivas. Sus cuerpos… no parecen petrificados sin embargo, no según entendemos la petrificación. Se encuentran inmóviles… estatuarios… pero lejos del rigor... mortis de la piedra. La cabeza… inclinada hacia los vencidos, parece tener… los ojos cerrados... o entornados. Una doble corona de cabellos llameantes y de... serpientes ensortijadas constela... su testa sagrada. Toda ella irradia una... intolerable  divinidad.
¿Monstruo o diosa? ¿Diosai o... monstruo?... Monstruo divino… Diosa... monstruosa...
Sin haber visto... sus pupilas... de piedra, la siento… estremecer mi cuerpo, bajar desde… mis ojos por... el torrente sanguíneo… como... un morbo... terminal. Se entumecen mis… músculos, se agarrotan... mis articulaciones... Pequeños infartos... parecen obnubilar mis… pensamientos. Escucho… un... taconeo distante viniendo desde... alguna sala contigua… sin poder volverme. A pesar de sentirlo… como un eco lejano, está más cerca… de lo que creo. Pero mi vista… sigue clavada en el cuerpo… perfecto de la... gorgona. Sé que no hará falta que... me mire para... perderme. Dulce metástasis… siento… minera... lizarse… mi alma... lenta... mente…


Marcelo Aiello


Imagen: La Gorgone e gli eroi, de Giulio Aristide Sartorio.



                                                                                                                                               

viernes, 18 de octubre de 2019

Licantropía





Moon over Bourbon Street es uno de los temas del álbum The Dream of the Blue Turtles (1985), primero como solista del compositor y cantante Gordon Matthew Thomas Sumner, más conocido como Sting. Iván Rambert, lector sombrío de La pluma en la sangre,  nos muestra la oscuridad vuelta aullido del talentoso músico inglés.


Como todas las noches que vuelvo del trabajo, camino entre restos de quintas fragantes, fantasmas de quintas que hacen pensar en los versos de Rafael Obligado: Estos, Fabio ¡ay dolor! Que ves ahora / jardines sabiamente dibujados, / fueron un tiempo rústicos cercados / de enhiesta pita y suculenta mora." Y en estos otros: "Aquí, rastreando la humedad del suelo, / las violetas silvestres agrupaba, / y por todas las quintas derramaba / un fresco aroma que llegaba al cielo. 

Esta noche, después de una semana de lluvias bíblicas, el cielo luce limpio, violeta, curiosamente parco de estrellas pero con una luna ubérrima de luz blanca, una luz de quirófano. Tal vez sea esta luz la que hace que las estrellas parezcan pocas y lejanas en este cielo del sur acostumbrado a mostrarse recamado de cientos de ellas. 

Y como tantas noches, la luna, bruja o al menos consumada hipnotizadora, me arranca unas líneas de una balada de Sting que, naturalmente, canto mal pero sólo yo escucho: There's a moon over Bourbon Street tonight / I see faces as they pass beneath the pale lamplight. Es un reflejo condicionado. Siempre que Selene asoma, yo canto lo que sé de memoria desde hace décadas y ya no traduzco mentalmente como hacía mientras la aprendía con mucho trabajo y yerros brutales. I've no choice but to follow that call / The bright lights, the people, and the moon and all... 

Camino pausadamente las siete (¡siete!) cuadras que me llevan a casa, rumiando las mismas líneas, las únicas que recuerdo. There's a moon over Bourbon Street tonight /  I see faces as they pass beneath the pale lamplight / I've no choice but to follow that call / The bright lights, the people and the moon and all...

Pero hoy la memoria, generosa, ha rescatado de las zonas grises del Olvido el final de "Luna sobre la calle Bourbon". No palabras cantadas, sino un aullido suave, sostenido y lleno de dolor.
Así que apenas llegado, busco nerviosamente la traducción completa de la canción en la web, y leo como quien busca un secreto olvidado, mientras un leve escalofrío me recorre el cuerpo como si fuera el anuncio de una horrible metamorfosis: 

Hay luna sobre la calle Bourbon esta noche.
veo caras que pasan bajo la luz de la pálida farola.
No tengo más remedio que seguir el llamado,
de las luces brillantes, la gente, la luna, todo...
Rezo todos los días para ser fuerte,
sé que lo que hago está mal.
¡Oh! nunca verás mi sombra o escucharás el sonido de mis pies
mientras haya luna sobre la calle Bourbon.

Hace muchos años que me convertí en lo que soy.
Quedé atrapado en esta vida como un cordero inocente.
Ahora nunca puedo descubrir mi rostro al mediodía
y sólo me verás caminando a la luz de la luna.
El ala de mi sombrero oculta el ojo de una bestia.
Tengo la cara de un pecador pero las manos de un sacerdote.
¡Oh! nunca verás mi sombra o escucharás el sonido de mis pies
mientras haya luna sobre la calle Bourbon.

Ella camina todos los días por las calles de Nueva Orleans,
es inocente y joven, de una familia con recursos.
Me he parado muchas veces fuera de su ventana en la noche
a luchar con mi instinto a la pálida luz de la luna.
¿Cómo puedo ser así cuando le rezo a Dios en las alturas?
Debo amar lo que destruyo y destruir lo que amo.
¡Oh! nunca verás mi sombra o escucharás el sonido de mis pies
mientras haya luna sobre la calle Bourbon.

Iván Rambert