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domingo, 2 de mayo de 2021

¿Por qué no hablan las sirenas?



Hace tiempo que Eugenia Straccali viene explorando de vértigo en vértigo su yo mítico con el propósito de dar a la mujer el papel de supremacía que siempre ha merecido en el concierto histórico y que el capricho (o el miedo) de los dioses, a través de la preponderancia meramente animal del hombre, le viene negando. Al menos, eso nos parece.

Lujosos botones de muestra, sus libros Ninfas (no musas), El alfabeto de los árboles, Medusa y la obra cuyo intento de reseña ofrecemos hoy a nuestros lectores. (Suponemos que también Soy bruja, pero espera su momento, que será cuando los salados efluvios de ¿Por qué no hablan las sirenas? aflojen con su hechizo.)

Anotamos por ahí arriba "dar a la mujer el papel de supremacía que siempre ha merecido": expresión machista cabal (una más y van...) porque supone seguir ignorándola como protagonista central de la Historia, soslayar su matriarcado rector que ha disipado tantas veces las tinieblas del mundo. Corregimos, entonces: devolver a la mujer el papel de supremacía, o cuando menos de igualdad, que nunca debió serle arrebatado. Robert Graves ha hablado sobre ello.

Pero nos parece que Eugenia va más allá, que en su búsqueda se extravía en un reino oscuro: el reino de las pulsiones femeninas contenidas cada vez con mayor esfuerzo, y que cuando vuelvan a desatarse como en aquellos territorios míticos por los que discurre... tal vez sea demasiado tarde para el hombre. Con terror y fascinación percibimos esto en cada una de sus obras, ineluctable constante.

¿Por qué no hablan las sirenas? (Editorial Prueba de Galera, 2019) es, en relación a lo anterior, un grito abisal desde las profundidades del tiempo. Y todos los hombres deberíamos ser Butes o Ulises, escuchar ese canto afinado y discordante a la vez, y acatar buenamente su demanda de justicia, lo cual no garantiza no sucumbir. Porque en verdad creemos que es tarde, que estiramos demasiado la cuerda de bronce de la paciencia femenina convirtiéndola en una finísima hebra de Stradivarius de la que brotan las notas de una cólera contenida durante demasiado tiempo, ni más ni menos que el canto que sube desde el "vientre rapaz" de cada ménade marina que nos mira sin perdón ni piedad alguna en los ojos.

Y tal demanda, expresada como un verdadero canto de sirena.

Dignos de mención son también el prólogo, todo un tour de force de Germán Prósperi sobre un texto poco menos que inasible, y las delicadas acuarelas de Mariana Soibelzon, que parecen licuarse apenas vistas.

Un libro bellísimo y terrible que pone el nombre de Straccali, en la Alejandría de nuestras preferencias, junto a los de Hesíodo, Homero, Graves, Detienne, Quignard y un puñado más de plumas inolvidables.


* * *

Trémolos altos del poema:

(...)
Voz disonante
sirena desquiciada
amor disuelto.
Las sirenas cantan con las entrañas anudadas
y los huecos interiores
que retumban entre sus órganos,
son ondinas de cabellos eternos
víctimas de las épicas
peripecias cumplidas de los héroes
guerreros que no quieren 
enterarse de nada a no ser
de sus hazañas
y sus miembros erectos.

(...)
Sirena-ninfa-ninfómana
¿Por qué murió Parténope?
Como tantas miles de hembras
sepultadas en un ritual equívoco
bajo la tierra
insaciables
de un hombre que nunca entiende
y perturbado la mata
o la deja desaparecer, sin culpa.
Asustados porque las ninfas
no hablan
no soportan lo seco
ni la piel resquebrajada.

La enterraron
profanaron su alma fresca
y su sexo perfumado
(flor silvestre),
nombrando el placer en los meandros.

(...)
No puede exhumarse a una mujer flotante.
En la fosa umbría, subterránea, 
la nada que recubre el fondo
asfixia terrosa le produce.

(...)
Mujeres híbridas 
en los confines del mundo
también cercanas
cuando la música sagrada se impone
aniquilando sus trinos
cuando les construyen féretros
barcas con clavos
para que sus velos se abran
como suturas de seda y tiempo.

¿Sabías que las sirenas fueron testigos
cuando vos te ahogaste como Ícaro?

Se rieron frenéticamente
luego se oyó un lamento breve y te 
desmembraron.

* * *

Y en los montajes poéticos que cierran el libro, esta sentencia:

(...)
Sirenas que custodian 
la rosa del desierto en el mar
¿cómo puede crecer una flor entre las olas?

Atravesada por los vientos
sal meteórica
pétalos laminados 
no necesita vertiente
ni rocío
ni cuidados
no necesita 
nada
no te necesita.



Foto de cabecera: Ulises y las sirenas de Herbert James Draper.









viernes, 2 de abril de 2021

Tilos, robles




No llueve con saña pero el agua cae con ganas suficientes como para que un minuto de exposición a ella acabe por empaparte.

Camino por el pueblo entre casas solariegas con jardines a los que la llovizna arranca un relente de ensueño, como una droga antigua que, cerrando los ojos, podría llevarte a días largamente idos y aún más allá.

Ahora sí: un momento de enojo celeste y el agua pica más fuerte, amenazando con ensopar mi pantalón y mis zapatillas a  pesar del paraguas.

Salgo de la calle por donde ando para evitar salpicaduras de baldosas traviesas y busco refugio bajo un tilo colmado de hojas muy cercanas unas de otras que forman un gran dosel natural. Un perro lanudo, debajo de un árbol cercano, ovillado sobre una protuberancia del terreno abultado sin dudas por raíces, me enseña qué hacer.

Parado sobre una elevación parecida, la mano apoyada en la corteza para conservar el equilibrio, cierro los ojos embriagado por el blend aromático que el agua no consigue sofocar. Y por un momento me pierdo en una visión ajena de casi un siglo atrás, soñada por un tejano en uno de los lugares más áridos de América. 

Entre 1929 y 1936, Robert E. Howard, el escritor estrella de la revista pulp más popular de su tiempo, Weird Tales, creador de personajes generosamente épicos como Conan de Cimmeria, Bran Mak Morn y Solomon Kane, por nombrar sólo a los más conocidos, imaginó un episodio en la vida del rey Kull de Valusia (otra creación inolvidable) que en lugar de narrar en prosa versificó en un hermoso poema titulado The king and the oak (El monarca y el roble).

En él, Howard habla del combate entre el atlante y un roble majestuoso que lo apresa entre sus ramas arrancándolo de su montura, desgarra su veste real y amenaza con descuartizarlo. El rey poco puede hacer ante semejante enemigo, salvo extraer una daga enjoyada y procurar desembarazarse de las ramas, hiriéndolas. Pero lo que busca el árbol -y el bosque que parece presidir- es aleccionarlo, no matarlo. Un coro fúnebre surge del robledal y Kull siente en su cuerpo, a través de la piel en contacto con la corteza, un mensaje vegetal antiguo como la humanidad. "Éramos los señores del mundo antes de que el hombre llegara y volveremos a serlo". Una visión del estrago causado por sus congéneres en el reino verde inunda la cabeza del rey.

Al amanecer, Kull despierta al pie del roble contra el que se ha quedado dormido, con sus ropas intactas y su piel sin rasguño alguno. Piensa que todo ha sido un sueño. Sin embargo, algo en su interior sigue perturbándolo. Pero como todo hombre, de aquellos o de estos tiempos, es poco más que un bárbaro. Así que sin hacerse demasiadas preguntas, sigue su camino cabalgando "silencioso hacia el mar". 

Simple y bello, ¿no?

Sin embargo, barroco consuetudinario, la visión me llega a través de un interpósito soñador. En algún lugar de Auburn, pongamos que en 1939 (la elección no es caprichosa: en febrero de ese año Weird Tales publicó el poema de Howard), en esa dimensión donde los escritores siguen a salvo del olvido por el tributo sostenido de sus lectores, el poeta californiano Clark Ashton Smith sufre un contratiempo parecido al mío y también se ve obligado a resguardarse bajo la copa de un árbol. Con el rumor del poema de Howard en la cabeza, leído días o semanas atrás, apoya su frente en la corteza del árbol elegido (¿un roble?, ¿un tilo?) y siente la ira del roble de Kull que es la que yo percibo en mi tilo, la misma que seguirá comunicando cada árbol a quien quiera sentir el mensaje hasta que se extinga lo verde de la faz de la tierra o el género humano.




Imagen de cabecera: Kull, boceto de Justin Sweet


miércoles, 21 de octubre de 2020

Hércules ante la Hidra



En el umbral de lóbrega caverna

y a las purpúreas luces del ocaso,

surge, acechando del viajero el paso,

invencible y mortal, la Hidra de Lerna.


Mientras se extasía su maldad interna

en mirar esparcidos al acaso

cuerpos de piel brillante como el raso,

torso viril o ensangrentada pierna;


Hércules, coronado de laureles,

repleto el cárcaj en el áureo cinto, 

firme en la diestra la potente maza,


ante las sierpes de viscosas pieles

detiénese en mitad del laberinto,

fulminando en sus ojos la amenaza.


Julán del Casal (1863-1893)


Imagen de cabecera: Hércules y la Hidra de Lerna de Gustave Moreau

lunes, 14 de septiembre de 2020

Oscuro Señor de Averoigne



Howard Phillips Lovecraft y Clark Ashton Smith (ambos norteamericanos, ambos prestigiosos autores del género fantástico, ambos referentes indiscutidos del mundo pulp en los '30 del pasado siglo) fueron buenos amigos a lo largo de tres lustros aunque no llegaron a conocerse en persona.

El carteo fue el medio que utilizaron para mantenerse conectados y estimularse mutuamente, llegando a reconocer sus fisonomías sólo a través de fotos (al menos Lovecraft supo de Smith de ese modo y es fácil suponer que Smith haya sabido de Lovecraft de la misma manera).

Los mundos soñados por estas dos plumas egregias (a distancia considerable: en Auburn, California, y en Providence, Nueva Inglaterra) coincidieron -para acabar mezclándose- cursando caminos bien distintos. Lo dice Lovecraft en una carta de 1929: Hay una diferencia básica en nuestro trabajo que eliminaría casi automáticamente el peligro de paralelismo, incluso cuando trabajamos sobre temas idénticos. Es esto: que eres fundamentalmente un poeta y piensas ante todo en los símbolos, el color y las imágenes hermosas, mientras que yo soy fundamentalmente un realista en prosa cuya principal dependencia es la creación de atmósfera a través del método lento y peatonal de multitudinarios detalles sugerentes y verosimilitud científica oscura. A lo cual responde Smith: Creo que subestimas el elemento de pura fantasía en tu propio trabajo, aunque estoy de acuerdo contigo en que tus mejores cosas muestran evidencia de la observación literal más cercana.

Lovecraft, se sabe, aportó el enorme contexto de los Mitos de Cthulhu que autores empáticos fueron alimentando con pequeños o grandes aportes. En términos astronómicos, actuó como un  planeta de masa considerable que atrajo hacia sí fragmentos de estrellas a la deriva (resultado de explosiones siderales cercanas o lejanas) y, también hay que decirlo, bastante basura estelar con el tiempo.

Fueron las páginas de la mítica revista Weird Tales, que publicaba ficción macabra y que tantas ganas tenían de trascender HPL y CAS, las que posibilitaron ese fenómeno sidéreo.

Con respecto al dueto que nos ocupa, Lovecraft fue el primero en manifestar admiración por la obra de Smith, admiración que, a juzgar por el poema de 1937 incluido al final de esta entrada, profesó hasta la tumba y quizá, quién puede negarlo, siga profesando en el más allá.

Como ya lo desarrolláramos en otro artículo de este blog (El bardo de Auburn), Smith comenzó a escribir poesía muy joven, apadrinado por el poeta George Sterling. Lovecraft supo del primer libro de Smith, (The Star-Treader and other poems), a través de un amigo común, el poeta y librero Samuel Loveman, y a partir de ese primer contacto comenzó una amistad epistolar inquebrantable.

La primera carta de Lovecraft data del 12 de agosto de 1922. Desde esa fecha, la correspondencia fluye durante quince años y, como dijimos, sólo se interrumpe con la muerte del recluso de Providence. (En una carta a L. Sprague de Camp, Smith dice que seis semanas después, como si hubiera seguido escribiendo y enviando misivas sin saber de la muerte de su corresponsal.) 

Como dijimos, Lovecraft disparó primero, fascinado por la oscuridad poética de Smith.

¡Qué mundo de fantasía y horror opiáceos se revela aquí, y qué poder y perspectiva únicos debe haber detrás de él! Hablo con sinceridad y entusiasmo porque mis propios gustos se centran casi por completo en lo grotesco y lo arabesco. (12 de agosto de 1922)

No hace falta decir que me dio un enorme placer recibir su respuesta y que reconozco en su cortesía a un oscuro compañero en los reinos de lo macabro. Por favor, no considere excesivos mis elogios; créame cuando le digo que cada línea es del más conmovedor y singular poder. (27 de septiembre de 1922)

Eres un genio en la concepción y reproducción de vegetación siniestra, nociva y venenosa, y realmente creo que mis descripciones fueron inspiradas por algunos de tus dibujos que me mostró Loveman... (2 de diciembre de 1922)

Como ya he dicho, no hay otro autor que haya vislumbrado con plenitud esos yermos tenebrosos, golfos inconmensurables, pináculos grises, cadáveres derruidos de ciudades olvidadas, ríos viscosos, estancados, bordeados de cipreses de una indefinible antigüedad y jardines de extraña decadencia, con los que mis propios sueños han estado repletos desde mi infancia. He leído tu trabajo como el registro del único ojo humano que ha visto las cosas que yo he visto en planetas lejanos. (25 de marzo de 1923)

Naturalmente, Smith no se mostraba como un receptor pasivo:

Realmente no he disfrutado nada en el ámbito de la escritura extraña desde La llamada de Cthulhu y El horror de Dunwich. Como le escribí a Wright, nadie tiene tu dominio del horror primordial y abismal. (26 de noviembre de 1929)

Por cierto, si tienes algún manuscrito antiguo que no haya visto, te agradecería echarle un vistazo. No sé de nada que me refresque tanto. Saco el texto mecanografiado de Dagon que me diste una vez y lo releo de tanto en tanto. (10 de diciembre de 1929)

El extraño es una obra maestra del terror tenebroso como una telaraña, con sugerentes valores y matices ilimitados. (23 de abril de 1930)

Sí, Innsmouth tiene una atmósfera de la que uno no puede deshacerse rápidamente. ¡Todavía puedo olerlo y saborearlo!

Y así por mucho tiempo.

Ambos se arrojaban flores, como enamorados. Pero Lovecraft parecía el más cautivado, o el más histriónico al momento de expresar su admiración.

No debo demorarme en expresar mi casi delirante deleite por El relato de Satampra Zeiros, ¡que verdaderamente me ha dado el único puntapié de 1929! Yug! n'gha k'yun bth'gth R'Iyeh glIur ph'ngui Cthulhu yzkaa.... ¡qué atmósfera! Puedo ver, sentir y oler la jungla alrededor de la inmemorial Commoriom, que estoy seguro de que hoy debe estar enterrada en el hielo glacial cerca de Plathoë, en la tierra de Lomar. ¡No tengo dudas de que es en este asunto del horror antiguo en el que pensaba el árabe loco Abdul Alhazred cuando dejó algo no mencionado pero representado por una hilera de estrellas en el códice superviviente de su maldito y prohibido Necronomicon! Has logrado en todo su encanto el toque dunsaniano que encuentro casi imposible de duplicar, y estoy seguro de que incluso el incomparable Nuth se habría alegrado de tener a Satampra Zeiros de maestro. En conjunto, creo que esto se acerca a ser tu punto alto en la ficción en prosa hasta la fecha; por el amor de Zothar, sigue así ... ¡mis anticipaciones adquieren proporciones fantásticas! (3 de diciembre de 1929)

Hasta que murió, en 1937, Lovecraft admiró a Smith. Lo prueba su último poema, A Klarkash-ton, Señor de Averoigne, escrito poco antes de su partida.


Una negra torre se divisa entre oscuros bancos de nubes

Rodeada de un opresivo bosque sin senderos.

Sombra y silencio, musgo y moho, bosque oscuro,

Lápidas grises envejecidas por el tiempo;

Ningún pie ha hollado, ningún trino ha perturbado

La letal soledad de esta noche eterna.

Pero a veces el aire denso se agita con un batir de alas

Cuando en la torre brilla una luz mortecina.


Porque aquí, en soledad, habita aquel cuyas manos han labrado

extraños signos que estremecen al mundo;

y entonando sus runas terroríficas ha revelado

lo que acecha más allá de los golfos estelares.

Oscuro Señor de Averoigne: tus ventanas se abren 

a pesadillas que ningún otro podría tolerar.


H. P. Lovecraft (1890-1937)


La imagen de cabecera y los extractos de cartas fueron tomados de The Eldritch Dark

La versión castellana del poema de Lovecraft fue realizada por Daniel Milano.





domingo, 30 de agosto de 2020

El oscuro placer de la profanación



Una consideración machista, sin dudas. A pesar de Boadicea, de
La diosa blanca, de Juana Azurduy, del mar verde y ondeante del colectivo feminista...

Una más. Y la impresión es que van tantas como latidos lleva mi vida.

Hablo, desde mi rancia condición de hombre educado de la peor manera, de ese momento inefable en que sentimos quebrarse, como si se tratara de una placa de hojaldre, el sello del sagrario de la mujer, el himen de su alma. Tal vez provoquen risa las expresiones, pero no sé cómo plantear la cuestión sin elipsis pasadas de moda.

El título de la entrada resume con cierto escándalo lo que siento. Y el poema de Rubén Darío, con el que acabo de toparme acomodando libros picados por un foxing de muchos lustros, lo expresa  soberanamente. Su lectura me hizo bloguear este brete del que no sé cómo salir.


Ite, missa est


Yo adoro a una sonámbula con alma de Eloísa,

virgen como la nieve y honda como la mar;

su espíritu es la hostia de mi amorosa misa,

y alzo al són de una dulce lira crepuscular.


Ojos de evocadora, gesto de profetisa,

en ella hay la sagrada frecuencia del altar:

su risa en la sonrisa suave de Monna Lisa;

sus labios son los únicos labios para besar.


Y he de besarla un día con rojo beso ardiente;

apoyada en mi brazo como convaleciente

me mirará asombrada con íntimo pavor;


la enamorada esfinge quedará estupefacta;

apagaré la llama de la vestal intacta

¡y la faunesa antigua me rugirá de amor!


Tal vez pueda salvar la situación cambiando en la intro mujer por otro.  O escondiendo mi nombre. O, mejor, "deleteando" el archivo...




Imagen de cabecera: La virgen velada, de Giovanni Strazza.



 

sábado, 11 de abril de 2020

Medusa *




Mirar sus profundos negros ojos ejerce un fatal hechizo 
que petrifica cada músculo, cada hueso y cada una de las gotas de tu sangre.
Mirar sus ojos es devenir estatua, materia inerte, sin vida.
Sólo es lícito mirar su terrible rostro cuando ella misma es piedra,
sólo es lícito mirar su semblante en el frontón del templo de Corfú.
Desde antiguo, se deslizaba raudamente por las pesadillas:
un borrón, una mancha gris sobre gris,
de escamas sulfurosas, de garras afiladas y de alas negras,
que se filtra por entre las grietas que el miedo teje,
tal como lo haría una araña infatigable, aún en el valeroso y decidido.
Su cabeza amputada sigue mineralizando la carne desprevenida,
es aún fatal mirar los ciegos ojos, 
encandilarse con la laxitud de sus serpientes.
Pero, por mis sueños se me muestran otras cosas, 
visiones donde acuden destellos de una espada de oro
y donde en un fulgor glauco, con un rumor de alas amplias, 
más amplias que las poderosas alas de las águilas,
salta hacia las nubes un furioso semental, blanco y alado.

                                                                        Francisco Izarraguirre


Imagen: Testa di Medusa, Michelangelo Merisi da Caravaggio                                                Enlace a Caravaggio

* En la versión para celulares, acostar el teléfono para obtener la métrica dispuesta por el autor.

jueves, 9 de abril de 2020

Roma, madrugada del 23 de febrero de 1821 *




Secreta, inadvertida, insidiosa,
abriéndose paso entre los humores de mi pálido cuerpo,
de una forma desprovista de todo aviso, se propaga
como si se tratara de un fuego sigiloso, sin humo,
y con apenas el calor necesario para multiplicarse,
casi displicentemente.
Como un veneno sutil que se difunde incoloro, imperceptible
en el agua de una copa, la cual no puedo dejar de llevarme a los labios.
Soy como un árbol herido por un rayo, que no puede, buenamente,
mantenerse erguido, ya nunca más.
Esa brecha, abierta a la corrupción, me empuja hacia una oscuridad,
que crece lenta pero infatigable,
como una mancha de aceite negro sobre un ojo de agua clara.
Cierta fatalidad reviste esta realidad que me encierra en mí mismo.
Me sé abandonado a mis propios recursos, que sé insuficientes,
y mi sabia roja, cumpliendo su cometido me envenena.
Este encierro, esta prisión sin barrotes, hecha de imposibilidades,
de médicos anonadados, de remedios impotentes, también
es una suerte de lenta muerte por mérito propio.
Tarde por la noche me visitan mis hermanos, y mis padres,
son engaños de la pirexia, una despiadada alucinación,
un plus de esta vida a medias, que se burla de lo que aún queda de mí.
Esta maldición, que se ceba en mi pecho, se los llevó de forma cruel,
haciendo gala de su horroroso designio.
Sólo me queda soñar, escribir dificultosamente,
para no ser entendido, atacado por entes aún mas feroces
que estas alimañas que no veo, pero que sé que están en mí.
Sólo me queda soñar, escribir dificultosamente,
para el olvido, como si escribiera sobre el agua.

Francisco Izarraguirre



Imagen: John Keats en su lecho de muerte, por Joseph Severn.

*En la versión para celulares, acostar el teléfono para obtener la métrica dispuesta por el autor.

domingo, 5 de abril de 2020

Oda a la muerte de Shelley *



La sed inagotable de los muertos
me arrastra a interpelarte, extraña divinidad.
La mano que en la bahía de Lerici detuvo
el arriar de las velas del Ariel, 
esa mano crispada que sabía
de amistad y de amor como nadie en la tierra;
la mano que escribió apasionada y trémula
como la de un fantasma para un ingrato mundo,
que tanteando en las sombras
pretendió penetrar el enigma del hombre:
-oh Italia, divinidad aciaga, destructiva y triunfante,
tendida como Venus con tu piel devorada de prodigios,
dispuesta siempre al gozo-,
ese alguien que soñaba
con "la llave dorada de la cámara
del perpetuo descanso",
debió morir allí por propia voluntad y designio,
fascinado por los vientos y el agua, perseguido
por la maledicencia y la congoja.
Destino demasiado poderoso para una sola vida.
Cosido a su chaqueta
un volumen de Sófocles nos daba
la perfección sublime,
y otro de Keats,
que bebió el mundo entero y su delicia
en la menguada copa de unos días.
La bruma y los feroces vientos
te darán un atisbo de la guerra
y en los Campos de Lágrimas
verás fin y principio de la vida.
La inconsistente sombra de los muertos
mostrando tu linaje,
Beckford y Poe, Chatterton,
aterrados del girar de los mundos;
Fuseli y Blake, De Quincey, meditando
y las funestas imaginaciones
de Lewis y de Stoker.
En la circulación de ese mar trajinante
verás de la catarata, el torrente de sangre poderosa
que nutría la Vida.
Desdichado y feliz a un propio tiempo,
la aventura de Italia,
de milenios de lucha, de la atroz galería de estatuas derribadas
te habló de una Edad de Oro, de la gloria
del amor y de los cuerpos, de las islas
donde los puros bienaventurados
con no mortales manos
tañen la lira cósmica del Fuego.
Quizá la triple Hécate
que persiguió tu vida con funesta tragedia
se vuelva un perro fiel que te mire a los ojos
con la dulzura de una bella joven.

Héctor Ciocchini (1922-2005)


En la versión para celulares, acostar el teléfono para obtener la métrica dispuesta por el autor.
Gif de cabecera: muerte de Shelley en Gothic, película de Ken Russell.

Enlace relacionado 

domingo, 24 de noviembre de 2019

Tres poemas oscuros *



¿Qué decir de la mano que escribe, refiriéndose a la muerte de Lorca, "un palmoteo de cante jondo / dentro de un ataúd". O de Neruda: "Emplea palabras sensibles al tacto, con asperezas y suavidad de roca, pétalos, arena". O se pregunta y se responde, en un poema sobre el deseo: "¿Qué se ha visto? / Madonas inasibles yacentes en pantanos perfumados". Y ahí mismo dice de una mujer: "Ella cubre sus muslos y sus brazos con jaleas salvajes".

¿Qué decir de quien escribe "Llaman tales tambores, invocan dioses / profundos como espejos" o "Todo en ella / es insomne como su latido desdeñoso, / consagrado a las grandes singladuras de / Ahab." sin que sepamos si se refiere a la ballena, a una mujer igualmente inaprensible o al amor, pero vale para cualquiera de esas opciones?
Cito lo que la memoria, generosa, me dicta.

Y si lo anterior no bastara, ¿qué decir de quien rescató del olvido la tragedia de Camila O'Gorman y la convirtió, con su frenético discurrir de imágenes oníricas, en nuestro canto de amor nacional?

Sólo decir su nombre: Enrique Molina.
Y seguir ofreciendo lo suyo como se ofrece el mar o una estrella fugaz a la mujer amada.


Hue

Donde el Río de los Perfumes mueve sus ligeras llamas bajo
  la luna
y las mujeres cantan en su boca
y hunden sus rostros de ópalo vivo en muslos que reverberan
  entre címbalos
un antro dormido al esplendor de oscuras dinastías
emperadores de labios inmóviles y grandes testículos de oro
cuya bilis era el relámpago
cuya sombra es piedra labrada jardines y sueño
                          He ahí
el destello perdido entre las columnas
dioses de máscaras de canela
y caderas lascivas
fantasmas de garras reales
un vértigo de mariposas
entre el templo la fortaleza y la noche 
amantes descalzas y vendedores de las orillas
                          uniendo en sus anillos
las ceremonias de la vida
entretejida urdimbre del hambre y el olvido
en tales torsos cobrizos 
en tales almas
graznido de las aves de un mundo caliente
                           la vieja ciudad sagrada 
                           los monasterios de mármol
construidos sobre cráneos de colibríes
y el río de la seda arrastrando mercaderías frutas podridas
lenguajes y juncos de velas negras de cáñamo
                           pomada de plumas
en los senos que pueblan el mercado en los brazos
impregnados por el sudor de la luz
como la floración animal de un sueño
en un lento espasmo

                           Y de pronto
la rajadura ciega
ciudad arrasada hasta no quedar ni un bloque de piedra
   en sus mandíbulas
quemada viva como el bonzo en su súplica atroz
desnudo su flanco incandescente
llaga deforme entre tizones
salen de las raíces desde los arrozales
secretos
                            esos hijos volcánicos 
se aferran
                            a una indomable arquitectura
y entre el estallido de la sangre barridos de napalm y crimen
apostados sobre tumbas reales
exaltaron su propia muerte con una majestad salvaje
                            desgarradura y convulsión
de esa rugiente maternidad de pólvora
                            otra Hue ha nacido
-su doble de piedras impalpables-
muertos latentes en el aire
¡oh criaturas del monzón!
                            resisten aún
entre las hendiduras violentas del muro
cubiertas de vísceras explosiones y carne vidriosa
tanta vena de sed
tanto verdor de aldeas que latían
vaciado gota a gota por la herida

Hue fantasma
hecha de sombras de cadáveres la obstinada
resistencia sin término
los pequeños hombres elásticos que ardieron en la roca
                            el guerrillero
con su gran sol central que lo hace crepitar como el acantilado
                            el guerrillero
cada vez más hundido en su siniestra ciénaga de plomo
flagelo de adioses vigilia y súplica de mujer sola que se desvanece
en su patíbulo nocturno
cielo desenterrado o lejanía
ni caricia ni lengua devorante
tanta garganta rota entre los restos imperiales

                             Hue defendida hueso a hueso
                             Hue triturada Hue mortaja de sol
                             Hue resistida hasta la última llama
                             Hue de ojos de felino entre los intersticios del 
                                 desastre
                             Hue coagulada ahora en la memoria verdosa
pesadilla en alguna charca tan triste del cielo
gato que llora a gritos sábana venenosa plato donde cae sangre
en vez de arroz
y el hombre que retorna con cabeza de moscas
y no comprende más ni el vino ni sus manos en la terrible
disección de la noche
                              Hue de escalpelo
                              Hue sin labios
                              Hue silencio de sangre
tantos muertos
han defendido el río la semilla el pubis de flores de la lluvia
la trenza que se entreabre y deja ver los cálidos demonios
   de la piel
tanta lumbre de cabaña tan lejos
la huella de sandalias en la arena
la mujer lacia bajo la hoja del banano
                                                                    llena de espectros
otra Hue ondula entre la niebla
de espejismo
Hue reverbero sobre el casco inflamado del "marine"

                                                      (recubierto de slogans formol
y vendas puedes ahora beber la lepra en tu gaseosa 
                                                                                          la gangrena)

Hue de estrellas que hierve como una nueva
constelación del cielo del infierno
                                Hue inviolable
donde el Río de los Perfumes gira lentamente alrededor
    de la luna

* * *

Fort Vimieux, de J. M. W. Turner (detalle)

Crónica de un encuentro con Maqroll
el Gaviero

   a Álvaro Mutis

¿Y que sol no es exilio? En México, D.F.,
encontré a Maqroll el Gaviero, y brillantes y negros 
los fantasmas del Golfo, a la luz de la luna,
cruzaban la profundidad de su pecho, con tórridas súplicas
desde las plantaciones,
desde el coco podrido y la ola
conjurando a los muertos con un vaso de alcohol,
y que sus besos no se evaporen, que nunca cierren
las corolas ardientes de sus almas.

Perdido en la noche furtiva de ojos de murciélago
                                durmió en lo más hondo
de cabelleras suntuosas, susurros y plumas, vegetaciones ,
y el relámpago del tigre en la sombra sexual
de hoteles lacustres alzados sobre pilotes,
bebió, soñó, reflexionó largamente
en los poderes perdidos, arrojado a los Hospitales
de Ultramar

                                 ¿De qué habló?
Del olor de los eucaliptos,
del vino y sus gemidos de adiós,
de la memoria que torna indeleble un rostro,
una ausencia,
un paisaje que cambia de lugar,
un día que no acaba nunca de pasar
días tras día, cubierto de sangre y de helechos.
                                   ¿Y su casa?
Se abre hasta el hueso de la tiniebla,
en la risa de los cafetales, tierna y despótica
como toda presencia amante.

La sagrada savia de México subía por las piedras
hacia el corazón de los dioses,
                                    y de pronto
un loro fulminado cayó sobre el sofá, junto a Maqroll,
una joya de las constelaciones,
un indescifrable mensaje, una ofrenda en el viento
   inmenso.

¿De qué cielo cayó esa ave muerta?
¿De qué patio de infancia con reyes desnudos envueltos
en hojas de tabaco, en la raíz del corazón y fugaces estrellas 
en labios de sirvientas entrevistas a la orilla de un 
río lleno de pepitas de oro...?

Nada sé. Sólo narro los hechos.
Lo sucedido.

Y tan lejos, Maqroll el Gaviero repite su insondable
    melopea
su alabanza fanática por tesoros inválidos,
por las grandes promesas incumplidas,
por todo esplendor en la corriente, por toda gracia recibida
    en la tierra y su calor animal
en un paisaje amenazador
como esos pálidos cielos de sol ciego sobre espumas
en la playa donde van a morir los alcatraces.


* * *


Collage de E. Molina

Nosferatu


Cuando silenciosamente el murciélago prolonga su espiral
      en la noche
es fascinante tu condición de hijo de la muerte
enamorado de la sangre del mundo.

Castillo aullante,
                                    copas de Murano bajo antorchas,
el cochero sacudido por el viento
                                    es un espectro en un carruaje de espectros.
Pálida criatura de la noche, huésped furtivo de un ataúd,
las mujeres insomnes hablan de dientes de terciopelo 
en una boca que les bebe la sangre,
envueltas en sus cabellos flotan ahora entre los nenúfares 
      de Monet, en una piscina de perfumes.
Son bellas niñas a la espera de la luna.

¿Qué luz de nunca se filtra por tus ojos?
Partidario de la vida, con puntiagudas orejas,
suplicando por ese susurro de flores en el misterio de la 
      aorta,
sólo la joven bruja te canta desde la hoguera con sus labios
      consagrados al cielo.
                                    Bebes amor y muerte
y la respiración de los vivos está apostada como un león
                                    con ojos de diosa y fuego en los ollares.
Bate en medio de la negrura tus alas consteladas de
                    lágrimas:
he ahí el infierno de la belleza.


Enrique Molina (1910-1997)


* En la versión para celulares, acostar el teléfono para obtener la métrica dispuesta por el autor.