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viernes, 18 de septiembre de 2020

En el Valle de los Reyes



Leído en La Voz del Nilo de Ángel de Estrada (h) -a cien años de su publicación y a treinta y cinco siglos de los ritos narrados-, en un tranquilo pueblito del Gran Buenos Aires.

Domingo, hora de la siesta.

Una abeja, idéntica a las que se habrán visto en Egipto en tiempos de los faraones, liba en un jazmín del país a dos metros de donde sigo sentado... ya no sé dónde. 


"Estamos en la necrópolis. Vemos bocas profundas allá en el fondo de la obscuridad, brotando de las entrañas de la tierra, y nos precipitamos, sintiendo una bocanada de vida, que con soplo de frescura viene de los sepulcros.

"Los faraones, con el objeto de ocultar sus cuerpos, cavaron así en el corazón de los montes el asilo de sus sarcófagos. Se piensa en la ruta difícil, en la esterilidad abrumadora, en el implacable ardor del aire entre las laderas, y se desarrolla el camino simbólico, mostrando al fin una caverna hospitalaria en una tumba.

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"En estos sepulcros se encuentra también grabado El libro de la abertura de la boca, pero en realidad esta ceremonia se hacía en los funerales mismos. La momia del faraón poníase en pie contra la puerta. Las lloronas y sus parientes despedíanse, cantando himnos entre sollozos. El rey inmolaba un toro. Los sacerdotes descuartizaban el animal, y uno de los superiores ponía un pedazo en la boca del muerto. Como éste no quería comer, observación inútil en el relato, el gran sacerdote lo lavaba con agua sagrada envolviéndolo también en nubes de incienso. Después, en su canto, se proclamaba Horo hijo de Osiris, y con el mismo poder con que reunió los pedazos del dios, volvía al muerto, identificado con él, el uso de los miembros. Acabado el cántico, le tocaba los labios, las manos, el pecho y los pies con su vara mágica en forma de serpiente.

"Después, iluminándola con una procesión de antorchas, se colocaba la momia en el féretro, y el féretro era metido en el sarcófago, destinado a desaparecer casi siempre en un foso. La entrada de esta cámara, difícil de encontrar entre los diversos corredores, era convertida en muro con piedras y cemento. El banquete, a que asistía la estatua del faraón difunto, el nuevo rey, los dignatarios y el gran sacerdote, figuraba como última ceremonia.

"Entre los cánticos usados en los funerales hay una maldición: '¡Oh! los grandes, los profetas, los príncipes, escribas y faraones; vosotras todas las gentes que vendréis después de mí en millares de años, si alguno reemplazase mi nombre con el suyo, Dios lo castigará destruyendo su persona sobre la tierra.'

"Sin reemplazarse los nombres, se han profanado los recintos llenos de riquezas. Hace siglos, con el propósito de salvar los cuerpos, se les pasó a la cueva de Deir-el-Bahari, donde Maspero los descubrió en 1880. Algunos de los sepulcros que pudieron permanecer ocultos han sido abiertos solamente en nuestros días. Más de una vez, espectáculos curiosos sorprendieron a los exploradores, y no es el menor el de encontrar en las galerías las últimas pisadas de aquellos que hace tres mil quinientos años sellaron los sarcófagos. Más de un moderno europeo desvióse de los dibujos de esos pies en el polvo, temiendo borrarlos, con una emoción que no produce la vista de una pirámide. Y al violar los hipogeos, en una de esas invasiones de la luz, del aire, de la vida de afuera, alguien vió estremecerse al pie de una estatua el polvo de unas flores, y cuando pensativo lo tomó en sus manos, otro soplo le llevó de la palma, con los cálices muertos, el cadáver de una abeja..."


Ángel de Estrada (h) (1870-1923)


Imagen de cabecera: Cabeza de la momia de Tuthmose II, hallada en Deir-el-Bahari

miércoles, 9 de septiembre de 2020

"Un grial salvaje"



¿Podrá, lateralmente, definirse el vampirismo como un impulso, una necesidad, una urgencia irrefrenable de derramamiento de sangre?

Si así fuera, en nuestro querido y neurótico país podríamos catalogar a unos cuántos vampiros ilustres.

Omitamos los de la historia reciente para evitar problemas y viajemos al siglo XIX, época de nuestra predilección. Los hechos violentos, de saña innecesaria, llenarían un libro frondoso.

Recordemos: tiempos de guerra civil, de unitarios y federales sableándose frenéticamente, de crímenes impunes.

Lagos, pampas de sangre.

Lo primero que escupe la memoria, asqueada, son las degollinas de La Mazorca, El matadero de Echeverría, las cabezas de Acha y Avellaneda pudriéndose en lo alto de las picas o las que se dejaban en los lugares públicos para aleccionamiento de opositores políticos.

Por el lado "ilustrado": el fusilamiento gratuito de Dorrego, las masacres de indios para civilizar al país, Rauch atando prisioneros a la boca de los cañones para probar su infalible puntería, "Urquiza, melómano de las tinieblas, ejecutando en la garganta de ochocientos prisioneros una rapsodia macabra."

Según plumas unitarias o revisionismo federal.

Lo cierto es que en aquellos tiempos se soltaba la rienda del sadismo sin ninguna culpa, se mataba, digámoslo de una vez, por placer.

Lagos, pampas de sangre.

Una furia roja gobernaba los actos de los hombres; la piedad no era más que un propósito de vejación.

Una anécdota conocida pero inagotable redondea como ninguna esta idea del vampirismo criollo: el traslado de los restos del general Lavalle hacia Bolivia por el árido paisaje humahuaqueño.

Se sabe: después de la derrota de Quebracho Herrado y del homérico intento de Famaillá, Lavalle deambula con un puñado de fieles perseguido por el mar rojo de los pendones y uniformes federales, que se derraman por valles y quebradas como una colosal metáfora de la sangre vertida entre hermanos.

Manuel Oribe, militar de fina educación, comanda el ejército rosista. Si la memoria no falla por mucho, creemos que fue Saldías, en su Historia de la Confederación Argentina, quien escribió que a Oribe "lo precedía un hedor carnicero". En Tucumán, ya había mostrado la hilacha vampírica haciendo ejecutar a Marco Avellaneda de manera atroz: decapitándolo y permitiendo a la chusma mancillar sus restos sin compasión alguna (ver la pavorosa descripción del coronel Mariano Maza en https://www.historiahoy.com.ar/nicolas-avellaneda-y-el-el-martir-metan-n424). Por otra parte, en Arroyo Grande hizo degollar a 400 oficiales después de la contienda.

Lagos, pampas de sangre.

Había prometido llevar a Buenos Aires la cabeza de Lavalle o cualquier parte de su cuerpo que sirviera para atestiguar que ya no existía. Pero la partida unitaria al mando de Pedernera -su guardia pretoriana, podría decirse-, protegió el cadáver del prócer como quien se enfrenta a un tropel de espíritus carroñeros. El coronel Danel, amigo, edecán de Lavalle y algo médico, vació de sus vísceras el cuerpo (pues su hedor atraía a las aves de rapiña pudiendo ser localizados desde lejos) y, horas después, lo descarnó, arrojando los restos podridos al río Salado en cuya orilla se entregó a la macabra tarea de limpieza. Los huesos y el corazón -metido en un frasco con salmuera, "un grial salvaje" según la hermosa expresión de Enrique Molina-, siguieron rumbo a Bolivia con los pocos hombres que sobrevivieron a los numerosos ataques de la vanguardia federal.

Años después, los restos fueron repatriados por Mitre. Reposan en el Cementerio de la Recoleta, quiere el destino que muy cerca de Dorrego a quien fusiló sumariamente convencido por los oportunistas de turno, confirmando la frase de Echeverría sobre su exclusiva condición de sableador: "Lavalle es una espada sin cabeza".

Hay quien dice que el húmero del brazo hábil del general, puesto a secar con los demás huesos sobre el techo de un rancho, fue arrebatado por un cóndor que se lo llevó a algún nido colgado sobre los abismos.

Lo más cercano al perdón que Dios dispuso para su alma. 




Imagen de cabecera: La conducción del cadáver de Lavalle en la Quebrada de Humahuaca, de Nicanor Blanes.


 

domingo, 6 de septiembre de 2020

Buenos Aires gótica



1871. La ciudad es azotada por una epidemia que se lleva a un tercio de la población que no ha huído al campo, unas trece mil almas.

Fiebre amarilla. La gente muere de manera horrible en las casas y en las calles. El cuadro de Blanes lo muestra con una crudeza impostada aunque no por ello improbable. Parece que la Muerte se entretuviera con un macabro dominó de hombres, mujeres y niños, ordenando las piezas con sus dedos huesudos y derribándolas después con una uña larga y negra, de viejo mandarín. Una y otra vez. Una y otra vez.

Las fuerzas vivas se organizan en la llamada Comisión Popular para asistir a la gente en lo que se pueda y ocuparse de los muertos.

Ocuparse de los muertos: recogerlos en carros, cargarlos en vagones atestados de cadáveres en el célebre "tren de la muerte" y conducirlos al Cementerio del Sud para su inhumación en fosas comunes, donde los gusanos carroñeros  harán lo suyo.

Nombres ilustres integran la Comisión, nombres de héroes, entre los que recordamos uno: Carlos Guido y Spano. Es un hijo del general Guido. Pero trascenderá por la pluma, no por la espada. Para la posteridad será el "poeta de la melena de león", autor de versos inolvidables como los de Trova y Nenia.

Durante una "noche pavorosa" (que registrará, ya viejo, en su autobiografía), Guido y Spano protagonizará un hecho más conmovedor que cualquiera de sus poemas.

La Comisión Popular tiene su sede en un viejo edificio de la calle Bolívar, donde los voluntarios duermen entre bastos ataúdes que distribuyen según demanda. Sus puertas son aporreadas por la sirvienta de una mujer que acaba de morir; desesperada, pide asistencia para que recojan el cadáver de su señora. Se trata -la muerta- de la viuda del general Lamadrid, héroe de la Independencia. El poeta no piensa permitir que la noble dama acabe en un hoyo cualquiera por lo que decide ocuparse personalmente del asunto. A través de un asistente, contrata un carruaje fúnebre y marcha al cementerio sin comitiva alguna.

En la casa mortuoria,  ha contemplado a la finada. "Una santa", anota su memoria.

Se imagina al poeta protegiendo el cadáver de los espíritus necrófagos con su bastón-estoque, mientras grita al cochero que fustigue a los caballos. Por supuesto, el conductor nada ve, nada sabe. Sólo Guido, alma hiperestésica, reconoce el peligro en el aire que los rodea y mantiene a raya a los demonios de la noche.

Llegan al cementerio.

Llaman a voces, sacuden la reja cerrada. Un sepulturero "soñoliento, desarrapado, cubierto todavía del polvo de las fosas recién cavadas" (hay días en que se han abierto hasta setecientas) acude al llamado, protestando por el escándalo

El poeta pide por el administrador, amigo suyo. 

Duerme. Lo despierta. Se abrazan. 

Le ruega inhumar en el acto a la dama, cosa a la que accede el amigo. Eligen la mejor de las sepulturas destinadas a los muertos encumbrados.

A la luz de un farol, entierran a la venerable mujer.

El poeta, a pesar del cansancio, nota más claro y respirable el aire a su alrededor. Los espíritus se han ido con su hambre de almas frescas a otra parte y en su lugar...

Pero que sea Guido y Spano quien cierre la crónica: "Cuando hube echado la última palada de tierra sobre aquellas reliquias venerables, me pareció que mi madre me daba un beso en las tinieblas."




Imagen de cabecera: Detalle de Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, de Juan Manuel Blanes.


viernes, 4 de septiembre de 2020

La desconocida del Sena



L'Inconnue de la Seine. Una ahogada cautiva en una foto que me obsequiara, después de un tonto desencuentro ideológico, el poeta Jorge da Fonseca como prenda de amistad sostenida.

Es el rostro de una suicida del Sena tomado, hacia fines del siglo XIX, por un Nadar anónimo.

No tengo claro si la foto reproduce los rasgos naturales de la muerta o los de la máscara mortuoria que, según se dice, un médico de la Morgue de París, fascinado por la belleza de la ahogada, encargó furtivamente a un artista la misma noche del hallazgo del cuerpo. El rigor mortis es engañoso: convierte en máscara lo que fuera vida. Pienso en ese médico, solo ante la joven inánime, orientando su libido hacia la posesión artística de su belleza en lugar de dejarse arrastrar por sus instintos a un insondable abismo de locura.

Rilke, Supervielle, Aragon, Blanchot, Camus, Nabokov, Al Alvarez e incluso Chuck Palahniuk escribieron sobre ella. Hermosamente, Camus habla de una "Mona Lisa ahogada".

Yo también tuve una pequeña experiencia con la Desconocida del Sena. Modesta y explicable, pero no por ello indigna de ser referida con algún aderezo.

Recibida la foto con el consejo de no guardarla sino de tenerla al alcance de la vista para que algo de toda aquella poesía decimonónica permeara mi "cuero de homínido del siglo XXI" (tal el delicado mandato de mi amigo poeta), le hice un lugar en mi mesa de noche, bajo el vidrio donde suelo poner las imágenes que quiero llevarme al sueño. Allí estuvo hasta que hace unos días noté el vidrio empañado y sentí un leve escalofrío al pensar en la posibilidad de un aliento sobrenatural o -suelo hilar fino- de un pedido de auxilio de ultratumba.

Sé que se trata de un fenómeno físico, como mucho químico.

Pero déjenme dudar, soñar...






miércoles, 2 de septiembre de 2020

La belleza letal



Que la belleza puede resultar peligrosa, no es una novedad. Tanto para quien está tocado por su gracia como para quien se siente atraído por ella.

Los ejemplos, ciertamente, son infinitos. Pero quiero referirme a uno del que fui protagonista por el tortuoso camino del sueño.

Metáfora de belleza letal, la Copa Rospigliosi es un objeto de arte -creado, como muchos objetos decorativos del pasado, como emblema de riqueza y poder- atribuido a Benvenuto Cellini.

No hace falta que gaste pólvora en la presentación de este enorme artista del Renacimiento; quien más, quien menos, todos saben de su Perseo con la cabeza de Medusa. Pero sí voy a demorarme unas líneas en la copa en cuestión. La imagen de cabecera habla por sí sola (en especial si se la amplía) pero debo agregar, para lo que viene, que sus dimensiones son de aproximadamente 20 x 22 x 23 cm. y que está hecha de oro esmaltado y perlas. En tiempos recientes, algunos revisionistas del arte han revelado que se trata de una falsificación de estilo. Hasta han arriesgado el nombre del falsificador, un orfebre alemán de mediados del siglo XIX llamado Reinhold Vasters especializado en plagios renacentistas. ¿Hubo peritajes al respecto? ¿Sabían los príncipes Rospigliosi que su copa era un falso Cellini? ¿Desde cuándo formaba parte de su patrimonio artístico?

Hoy en día se encuentra en el Metropolitan de Nueva York. Pero ¿bajo qué condición? ¿Para el museo es un Cellini o un Vasters?

Responder a estas cuestiones no es tarea fácil, ni siquiera para los entendidos. Pero las respuestas, para lo que me dispongo a narrar, no interesan. Sólo importa, se trate de un plagio o no, el hecho de su belleza.

Como tantas veces que algo concita mi atención con fuerza, me llevé al sueño la Copa Rospigliosi. Había estado pensando en ella buena parte del día, en el encanto que habrá suscitado, perdida entre los objetos de una mesa mundana y suntuosa, en quienes hayan paseado la mirada sobre ella. Es un objeto que, dada su extrema belleza, dan ganas de tener en las manos. Consideré la utilidad que una cosa así pudo tener en aquellos oscuros tiempos en que la vida nada valía y era tomada sin culpa en guerras, riñas callejeras... e incluso en las grandes cortes. De ahí pasé sin transición al medio favorito de la época para eliminar competencia política y religiosa: el envenenamiento. Medio tan usual y naturalizado que los recaudos tomados para protegerse no daban abasto. Como todos sabían que podían morir intoxicados, la panoplia de antídotos era casi tan amplia como la mortífera. No había gran señor que no tuviera un médico o alquimista especializado en el tema. Ni siquiera en casa de los íntimos se sentía uno seguro; tomar o no un sorbo de vino podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

En mi sueño de experto connoisseur, imaginaba copas con mecanismos complejos que, activados por quienes las levantaban, dejaban caer la gota letal que emponzoñaba el contenido. De este modo, el comensal que vertía disimuladamente alguna sustancia de reconocimiento antes de sujetar la copa, procedía con confianza y terminaba frío y tieso.

Pero enseguida me di cuenta de que más sencillo habrá sido tentar por la belleza, poner el veneno en un recipiente tan hermoso que la víctima elegida no pudiera resistir el impulso de sujetarlo y llevárselo a los labios. Siempre en el sueño, el dislate me pareció de una lógica sin fisuras. Y para probarlo, después de una docta charla sobre el asunto, ofrecí a unos amigos la Copa Rospigliosi llena hasta el borde de cerezas maceradas en un vino envenenado, pues sus grandes dimensiones, en una mesa moderna, la inutilizan para beber. Mientras conversaban, como si estuvieran en un trance estético, uno a uno fueron sirviéndose con los dedos las cerezas homicidas y muriendo sobre mi mesa escupiendo sangre y retorciéndose de dolor, probando así la oscura hipótesis.

Pero no hay que ir tan lejos en el arte o el tiempo para buscar ejemplos del fatal poder de la belleza: todos hemos sido dañados alguna vez, de un modo u otro, por ese poder. ¿No es así?

En nuestra época, por suerte, vivimos para contarla.


Para Edgardo Lois, que supo jugar con arte y veneno hace tiempo.



 

lunes, 31 de agosto de 2020

Martirio de Gian Lorenzo




En La Leyenda Dorada, la formidable compilación hagiográfica del siglo XIII de Jacobo de la Vorágine, el martirio de San Lorenzo impresiona. Según la pluma del arzobispo de Génova, el mártir fue puesto sobre una parrilla y quemado vivo. En pleno delirio místico, dijo a sus verdugos que lo dieran vuelta para asarlo de los dos lados.

Cuando alrededor de 1615 Gian Lorenzo Bernini, con sólo 16 o 17 años, da comienzo a su Martirio de San Lorenzo (San Lorenzo de la retícula), enseguida lo acosa el problema de la expresión del santo sobre las brasas. Impetuoso, visceral, Bernini decidió experimentar en carne propia el suplicio del mártir, para lo cual puso su mano inhábil sobre el fuego (según su hijo Domenico, tomó un carbón encendido) y dibujó de memoria su expresión reflejada en un espejo.
Pero ese gesto de dolor extremo, si la anécdota no es una pura invención, parece haber ido a parar no al San Lorenzo sino a su Anima dannata (Alma maldita), busto de 1619.

San Lorenzo, por el contrario, tiene una expresión serena, de entrega. El cuerpo mismo parece desentenderse del tormento, elevarse. Es el momento inmediato a la tensión final, cuando el último suspiro (que de ser humanamente posible, Bernini hubiera tallado también) abandona la carne y las pupilas buscan la mortaja de los párpados.

¿Debemos colegir, entonces, que el joven Gian Lorenzo captó ese momento crucial para dar la expresión que buscaba a su santo y que su martirio personal, su entrega al arte, consistió en retratar a un hombre que expiraba en lugar de asistirlo?




domingo, 30 de agosto de 2020

El oscuro placer de la profanación



Una consideración machista, sin dudas. A pesar de Boadicea, de
La diosa blanca, de Juana Azurduy, del mar verde y ondeante del colectivo feminista...

Una más. Y la impresión es que van tantas como latidos lleva mi vida.

Hablo, desde mi rancia condición de hombre educado de la peor manera, de ese momento inefable en que sentimos quebrarse, como si se tratara de una placa de hojaldre, el sello del sagrario de la mujer, el himen de su alma. Tal vez provoquen risa las expresiones, pero no sé cómo plantear la cuestión sin elipsis pasadas de moda.

El título de la entrada resume con cierto escándalo lo que siento. Y el poema de Rubén Darío, con el que acabo de toparme acomodando libros picados por un foxing de muchos lustros, lo expresa  soberanamente. Su lectura me hizo bloguear este brete del que no sé cómo salir.


Ite, missa est


Yo adoro a una sonámbula con alma de Eloísa,

virgen como la nieve y honda como la mar;

su espíritu es la hostia de mi amorosa misa,

y alzo al són de una dulce lira crepuscular.


Ojos de evocadora, gesto de profetisa,

en ella hay la sagrada frecuencia del altar:

su risa en la sonrisa suave de Monna Lisa;

sus labios son los únicos labios para besar.


Y he de besarla un día con rojo beso ardiente;

apoyada en mi brazo como convaleciente

me mirará asombrada con íntimo pavor;


la enamorada esfinge quedará estupefacta;

apagaré la llama de la vestal intacta

¡y la faunesa antigua me rugirá de amor!


Tal vez pueda salvar la situación cambiando en la intro mujer por otro.  O escondiendo mi nombre. O, mejor, "deleteando" el archivo...




Imagen de cabecera: La virgen velada, de Giovanni Strazza.



 

sábado, 29 de agosto de 2020

París de las misas negras



El hombre de la foto no es viejo aunque lo parece. Morirá horriblemente a los 59 años y será inhumado con el hábito de los Monjes Negros.

Se encuentra, claro está, en un estudio fotográfico. Pero de haber sido sorprendido en su casa, en plena noche, la fotografía hubiera revelado la misma postura estudiosa sobre un incunable parecido. Es que buscaba desesperadamente, en libros polvorientos de saberes dudosos, protegerse de fluidos malignos que querían acabar con su vida.

Hacia fines del siglo XIX, durante cinco años, estuvo involucrado en una guerra nigromántica de la que París apenas sabía. Su novela satanista Allá lejos (Là-bas, 1891), había insinuado algo de lo que pasaba en el submundo parisino. Pero sólo se trataba de la punta de un iceberg negro como una noche sin luna.

Satanistas, rosacruces, católicos más o menos heréticos, sostenían una guerra silenciosa que explotó tiempo después. Los contendientes: un extraño sacerdote excomulgado (el abbé Boullan), la sacerdotisa de una orden religiosa llamada de la Reparación (Adèle Chevalier), una vidente (Madame Thibaut) frecuentemente asaltada por visiones y convulsiones, dos magos rosacruces (el marqués Stanislas de Guaita y Joséphin Péladan) y dos ocultistas que jugarían cartas menores (Oswald Wirth y Jules Bois). La tenebrosa figura de Vintras, mago acusado de practicar misas negras muerto pocos años antes, parecía desplegar sus alas de murciélago ocultando los detalles a los ojos profanos.

El hombre de la foto, escritor de cierto renombre, se dejó involucrar, fascinado tal vez por la estética oscura de todo ese affaire.

Hubo mutuas acusaciones de prácticas sacrílegas que incluían sacrificios humanos. Brujos y magos se arrojaron sus oleadas de energía oscura con un resultado terrible: la muerte mágica de Boullan.

Los rosacruces, al parecer insatisfechos con la muerte del sacerdote, fueron por su grupo, en el que se encontraba el escritor que se defendió con las armas legadas por el abbé y las que había adquirido quemando su vista y su alma en lecturas abominables. Los efluvios rosacruces lo acosaban de noche, impidiéndole pegar el ojo.

Cuando no pudo más, huyó de París instalándose en las cercanías del monasterio de Ligugé, buscando la divina protección de la Iglesia.

Recibido como oblato por los benedictinos, Joris-Karl Huysmans se entregó a una vida de contrición poniendo su pluma al servicio de vidas pías, como Bernadette de Lourdes y Liduvina de Schiedam.

Pero murió de un espantoso cáncer que devoró sus labios y cavidad bucal.



 


viernes, 28 de agosto de 2020

Un vampiro pintado por Tintoretto


 ...libre albedrío para decidir que en su cuadro más famoso, Hallazgo del cuerpo de San Marcos, Jacopo Robusti pintó la exhumación de un vampiro en la Iglesia de Santa Eufemia de Alejandría. A un costado de la escena central, dominada por la aparición del santo que detiene la brutal profanación de tumbas alzando una mano, dos hombres encaramados a una de las urnas de mármol amuradas en la altura bajan, sujetándolo por la mortaja, un cadáver que a la luz manierista de la obra parece un reviniente. Nada más ver su distorsionado brazo izquierdo, largo como el de un homínido prehistórico, las heridas de su torso, hechas seguramente por él mismo en su desesperante encierro consagrado, y la pelada cabeza, de nariz prominente y orejas puntiagudas vueltas romas por la oscuridad, se piensa en el nosferatu de Murnau. Fácil imaginar lo que sigue a su descendimiento: la deposición sobre las losas de la cripta y la acción rápida del hombre que recibe el cuerpo, clavando en su pecho la lanza bendita que se ve apoyada entre los sarcófagos esperando su momento...