miércoles, 2 de septiembre de 2020

La belleza letal



Que la belleza puede resultar peligrosa, no es una novedad. Tanto para quien está tocado por su gracia como para quien se siente atraído por ella.

Los ejemplos, ciertamente, son infinitos. Pero quiero referirme a uno del que fui protagonista por el tortuoso camino del sueño.

Metáfora de belleza letal, la Copa Rospigliosi es un objeto de arte -creado, como muchos objetos decorativos del pasado, como emblema de riqueza y poder- atribuido a Benvenuto Cellini.

No hace falta que gaste pólvora en la presentación de este enorme artista del Renacimiento; quien más, quien menos, todos saben de su Perseo con la cabeza de Medusa. Pero sí voy a demorarme unas líneas en la copa en cuestión. La imagen de cabecera habla por sí sola (en especial si se la amplía) pero debo agregar, para lo que viene, que sus dimensiones son de aproximadamente 20 x 22 x 23 cm. y que está hecha de oro esmaltado y perlas. En tiempos recientes, algunos revisionistas del arte han revelado que se trata de una falsificación de estilo. Hasta han arriesgado el nombre del falsificador, un orfebre alemán de mediados del siglo XIX llamado Reinhold Vasters especializado en plagios renacentistas. ¿Hubo peritajes al respecto? ¿Sabían los príncipes Rospigliosi que su copa era un falso Cellini? ¿Desde cuándo formaba parte de su patrimonio artístico?

Hoy en día se encuentra en el Metropolitan de Nueva York. Pero ¿bajo qué condición? ¿Para el museo es un Cellini o un Vasters?

Responder a estas cuestiones no es tarea fácil, ni siquiera para los entendidos. Pero las respuestas, para lo que me dispongo a narrar, no interesan. Sólo importa, se trate de un plagio o no, el hecho de su belleza.

Como tantas veces que algo concita mi atención con fuerza, me llevé al sueño la Copa Rospigliosi. Había estado pensando en ella buena parte del día, en el encanto que habrá suscitado, perdida entre los objetos de una mesa mundana y suntuosa, en quienes hayan paseado la mirada sobre ella. Es un objeto que, dada su extrema belleza, dan ganas de tener en las manos. Consideré la utilidad que una cosa así pudo tener en aquellos oscuros tiempos en que la vida nada valía y era tomada sin culpa en guerras, riñas callejeras... e incluso en las grandes cortes. De ahí pasé sin transición al medio favorito de la época para eliminar competencia política y religiosa: el envenenamiento. Medio tan usual y naturalizado que los recaudos tomados para protegerse no daban abasto. Como todos sabían que podían morir intoxicados, la panoplia de antídotos era casi tan amplia como la mortífera. No había gran señor que no tuviera un médico o alquimista especializado en el tema. Ni siquiera en casa de los íntimos se sentía uno seguro; tomar o no un sorbo de vino podía significar la diferencia entre la vida y la muerte.

En mi sueño de experto connoisseur, imaginaba copas con mecanismos complejos que, activados por quienes las levantaban, dejaban caer la gota letal que emponzoñaba el contenido. De este modo, el comensal que vertía disimuladamente alguna sustancia de reconocimiento antes de sujetar la copa, procedía con confianza y terminaba frío y tieso.

Pero enseguida me di cuenta de que más sencillo habrá sido tentar por la belleza, poner el veneno en un recipiente tan hermoso que la víctima elegida no pudiera resistir el impulso de sujetarlo y llevárselo a los labios. Siempre en el sueño, el dislate me pareció de una lógica sin fisuras. Y para probarlo, después de una docta charla sobre el asunto, ofrecí a unos amigos la Copa Rospigliosi llena hasta el borde de cerezas maceradas en un vino envenenado, pues sus grandes dimensiones, en una mesa moderna, la inutilizan para beber. Mientras conversaban, como si estuvieran en un trance estético, uno a uno fueron sirviéndose con los dedos las cerezas homicidas y muriendo sobre mi mesa escupiendo sangre y retorciéndose de dolor, probando así la oscura hipótesis.

Pero no hay que ir tan lejos en el arte o el tiempo para buscar ejemplos del fatal poder de la belleza: todos hemos sido dañados alguna vez, de un modo u otro, por ese poder. ¿No es así?

En nuestra época, por suerte, vivimos para contarla.


Para Edgardo Lois, que supo jugar con arte y veneno hace tiempo.



 

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