viernes, 18 de septiembre de 2020

En el Valle de los Reyes



Leído en La Voz del Nilo de Ángel de Estrada (h) -a cien años de su publicación y a treinta y cinco siglos de los ritos narrados-, en un tranquilo pueblito del Gran Buenos Aires.

Domingo, hora de la siesta.

Una abeja, idéntica a las que se habrán visto en Egipto en tiempos de los faraones, liba en un jazmín del país a dos metros de donde sigo sentado... ya no sé dónde. 


"Estamos en la necrópolis. Vemos bocas profundas allá en el fondo de la obscuridad, brotando de las entrañas de la tierra, y nos precipitamos, sintiendo una bocanada de vida, que con soplo de frescura viene de los sepulcros.

"Los faraones, con el objeto de ocultar sus cuerpos, cavaron así en el corazón de los montes el asilo de sus sarcófagos. Se piensa en la ruta difícil, en la esterilidad abrumadora, en el implacable ardor del aire entre las laderas, y se desarrolla el camino simbólico, mostrando al fin una caverna hospitalaria en una tumba.

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"En estos sepulcros se encuentra también grabado El libro de la abertura de la boca, pero en realidad esta ceremonia se hacía en los funerales mismos. La momia del faraón poníase en pie contra la puerta. Las lloronas y sus parientes despedíanse, cantando himnos entre sollozos. El rey inmolaba un toro. Los sacerdotes descuartizaban el animal, y uno de los superiores ponía un pedazo en la boca del muerto. Como éste no quería comer, observación inútil en el relato, el gran sacerdote lo lavaba con agua sagrada envolviéndolo también en nubes de incienso. Después, en su canto, se proclamaba Horo hijo de Osiris, y con el mismo poder con que reunió los pedazos del dios, volvía al muerto, identificado con él, el uso de los miembros. Acabado el cántico, le tocaba los labios, las manos, el pecho y los pies con su vara mágica en forma de serpiente.

"Después, iluminándola con una procesión de antorchas, se colocaba la momia en el féretro, y el féretro era metido en el sarcófago, destinado a desaparecer casi siempre en un foso. La entrada de esta cámara, difícil de encontrar entre los diversos corredores, era convertida en muro con piedras y cemento. El banquete, a que asistía la estatua del faraón difunto, el nuevo rey, los dignatarios y el gran sacerdote, figuraba como última ceremonia.

"Entre los cánticos usados en los funerales hay una maldición: '¡Oh! los grandes, los profetas, los príncipes, escribas y faraones; vosotras todas las gentes que vendréis después de mí en millares de años, si alguno reemplazase mi nombre con el suyo, Dios lo castigará destruyendo su persona sobre la tierra.'

"Sin reemplazarse los nombres, se han profanado los recintos llenos de riquezas. Hace siglos, con el propósito de salvar los cuerpos, se les pasó a la cueva de Deir-el-Bahari, donde Maspero los descubrió en 1880. Algunos de los sepulcros que pudieron permanecer ocultos han sido abiertos solamente en nuestros días. Más de una vez, espectáculos curiosos sorprendieron a los exploradores, y no es el menor el de encontrar en las galerías las últimas pisadas de aquellos que hace tres mil quinientos años sellaron los sarcófagos. Más de un moderno europeo desvióse de los dibujos de esos pies en el polvo, temiendo borrarlos, con una emoción que no produce la vista de una pirámide. Y al violar los hipogeos, en una de esas invasiones de la luz, del aire, de la vida de afuera, alguien vió estremecerse al pie de una estatua el polvo de unas flores, y cuando pensativo lo tomó en sus manos, otro soplo le llevó de la palma, con los cálices muertos, el cadáver de una abeja..."


Ángel de Estrada (h) (1870-1923)


Imagen de cabecera: Cabeza de la momia de Tuthmose II, hallada en Deir-el-Bahari

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