domingo, 17 de mayo de 2020

Hojas






A la memoria de H.P.L. 

En Guillón, tranquilo pueblo del Gran Buenos Aires, las hojas secas de mediados de otoño se acumulan en las veredas como nunca antes había pasado.
El espectáculo vegetal ha sido siempre impactante en este lugar, con sus veranos saturados de verdes brillantes, la explosión de sus primaveras (que tantos ahogos le han causado al asmático que soy), sus inviernos crudísimos en su desnudez, palpable en los incontables nidos abandonados que puntean las ramas con sus grumos pardos. Y, por supuesto, el oro caudal de sus hojas otoñales, que caen de los árboles a manos llenas.  

Pero este otoño, las veredas están cubiertas por una alfombra de hojas de un grosor tal que el zapato se hunde en ella hasta el tobillo y más aún en algunos sitios. Los árboles abundan en la zona, y por su cantidad, me animaría a decir que cada vecino ha cumplido sobradamente con el viejo y sabio precepto de plantar uno.
El peligro es considerable: desniveles, ramas y cables caídos, vidrios rotos. Y males menores como baldosas fuera de lugar, charcos, excremento canino y molestias por el estilo.

¿Hace falta decir que la pandemia que sufrimos, que mantiene a la gente puertas adentro y a los barrenderos municipales inactivos, es la causante de fenómeno tan inusual?

La desidia forzada por las circunstancias sume al mundo en un abandono creciente.
Pero no se me hubiera ocurrido pensar, imaginar siquiera, lo que vi esta mañana, temprano hasta para los pájaros. ¿O tal vez mi imaginación, frondosa todavía a pesar de mi edad desencantada, sigue generando espejismos?
Atravesando la plaza central, levantando hojas con las espátulas de mis zapatos (no las piso, o al menos lo intento: su edad provecta me sensibiliza), tuve la impresión de que no solo mis pies hacían ruido al andar. Me volví: nadie. Miré en las demás direcciones cardinales: nada. Lo curioso era que, estando parado, el ruido, muy suave, continuaba. Un frufrú de hojas venía de alguna parte, estaba seguro. Traté de orientarme aguzando el oído. Finalmente elegí una dirección y avancé tratando de hacer el menor barullo posible. Seguí barriendo el espacio con la mirada y al cabo de un interminable minuto percibí un movimiento en el tronco de un árbol añoso: una rama gruesa se deslizaba hacia abajo con ese movimiento delicado que los antiguos italianos llamaban serpentinata. La rama, desenroscándose del tronco, terminó por escurrirse entre las hojas del suelo. Pero antes, pude ver un aleteo desesperado en el extremo visible de la rama que, enseguida, desapareció en la  alfombra vegetal.
Sin embargo, ahí no terminó todo. Noté (y estoy seguro de que mis ojos no me estafaron como tantas veces) un movimiento ondulante entre las hojas, como si una gran serpiente se deslizara tranquilamente hacia su cubil después de haber conseguido una presa. Y durante parte del zigzagueante recorrido, como refrendando esta idea, el aleteo iba aventando hojas hasta que, de pronto, cesó por completo.
Ocho de la mañana; ni un trino. ¿Temprano hasta para los pájaros? No: alguien, o "algo", había enmudecido a las aves en sus ramas.

Todo sucedió muy cerca de un banco de piedra donde hace cuarenta años, durante unas vacaciones de verano que no olvidaré, me sentaba a leer a la hora de la siesta protegido de la calígine por un amable tilo que sigue en su lugar incensando el aire con su aroma. ¿Y que leía? Lovecraft. "En busca de la ciudad del sol poniente", oscura novelita carrolliana, y "Hongos de Yuggoth", sus poemas fantásticos. Y de estos uno en particular, La colina de Zaman, que todavía sé de memoria por la cantidad de veces que volví sobre él, susurrándomelo, embobado por lo que decía y por su relación con el verdor que me rodeaba, como si el poema no estuviera en mi libro sino en el aire perfumado de la tarde, recitado por el genius loci, el espíritu del lugar:

La gran colina crecía junto al antiguo pueblo,
su ladera al final de la calle principal;
verde, alta y arbolada, mirando oscuramente
hacia el campanario en la curva de la carretera
Por doscientos años se oyeron rumores
sobre lo que sucedió en esa ladera evitada por el hombre:
historias de un ciervo o de un pájaro, extrañamente mutilados,
de niños perdidos cuyos padres ya no esperaban encontrar.

Un día, el cartero no encontró ningún pueblo,
no se volvió a ver a su gente, ni a sus casas;
llegaron curiosos desde Aylesbury para mirar;
sin embargo, todos tomaron al cartero por loco
por decir que había visto los ojos hambrientos de la gran colina
y sus fauces abiertas.


Me pregunto, consternado, si aquella lectura lejana guarda relación con mi fantasmagórica experiencia de la mañana, si es posible que un lector adolescente, hipnotizado por un texto repetido mántricamente, pudo despertar en aquellos días lejanos una fuerza atávica que ha tardado muchos años en desarrollarse y hoy comienza a tender sus tentáculos invisibles, o casi, en busca de sustento.
¿Qué pasará cuando la criatura crezca lo suficiente y ya no la sacien gorriones, zorzales y loritos de frente azul? ¿Extenderá sus brazos hacia perros y gatos callejeros? ¿Y después?

Ruego a Dios que mi pueblo no corra la suerte de Zaman.


Daniel Milano

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